—Es un regalo de Marfa Petrovna.
—Y ha costado muy caro—añadió Pulkeria.
—Creía que era un obsequio de Ludjin.
—Aun no ha dado nada a Dunetshka.
—¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve enamorado y que quise casarme?—dijo bruscamente, mirando a su madre, que se quedó asombrada del giro imprevisto que tomaba la conversación y del tono con que su hijo le hablaba.
—¡Ah! sí—respondió Pulkeria Alexandrovna, cambiando una mirada con Dunia y Razumikin.
—¿Qué te he de decir de esto?; apenas me acuerdo ya. Era una joven enfermiza y raquítica—continuó como absorto y sin levantar los ojos del suelo—. Le gustaba dar limosna a los pobres y pensaba entrar en un monasterio. Cierto día se echó a llorar cuando me hablaba de estas cosas... Sí, sí, bien me acuerdo. Era más bien fea que guapa. La verdad es que no sé por qué me gustó; quizá porque estaba siempre enferma. Si además hubiese sido jorobada o coja, me parece que la hubiera querido más—añadió sonriéndose—. Aquello no tenía importancia... Fué una locura de primavera.
—No, no era solamente una locura de primavera—afirmó Dunia con convencimiento.
Raskolnikoff miró atentamente a su hermana; pero o no oyó o no comprendió las palabras de la joven. Después, con aire melancólico, se levantó, fué a besar a su madre y volvió a sentarse en su sitio.
—¿La amas aún?—dijo con voz temblorosa Pulkeria Alexandrovna.