Razumikin iba muy animado camino de la casa de Porfirio en compañía de su amigo.
—Perfectamente, querido—repetía muchas veces—. Estoy encantado, lo que se dice encantado. No sabía que tuvieses ninguna cosa empeñada en casa de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo que has estado en su casa?
—¿Que cuándo estuve?—murmuró Raskolnikoff, como procurando recordar—. Me parece que fué la antevíspera de su muerte. Por lo demás, no se trata de desempeñar ahora esos objetos—se apresuró a decir como si esta cuestión le hubiese vivamente preocupado—. No tengo más que un rublo, gracias a las locuras que hice ayer bajo la influencia de ese maldito delirio.
Y recalcó de una manera particular la palabra «delirio».
—Vamos, sí, sí—contestó Razumikin respondiendo a un pensamiento que se le había ocurrido en aquel instante—. ¿De modo que por eso tú...? La cosa me había chocado. Ahora me explico por qué no cesabas de hablar de sortijas, de cadenas de oro y de reloj mientras delirabas. Es claro, ahora todo me lo explico.
«¡Oh!—pensó Raskolnikoff—esa idea se la había metido en la cabeza; tengo la prueba: este hombre, que se haría crucificar por mí, se considera ahora feliz al explicarse por qué yo hablaba de sortijas durante mi delirio. Mi lenguaje ha debido confirmar a todos en sus sospechas.»
—¿Y qué, le encontraremos?—preguntó en alta voz.
—Ya lo creo que le encontraremos—respondió sin vacilar Razumikin—. Es un buen muchacho, amigo mío. Un poco desmadejado, es cierto, pero no dudo de que carezca de buenos modales, no; es por otro concepto por lo que lo encuentro desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy inteligente; pero tiene un carácter particular... Es incrédulo... escéptico, cínico; le gusta burlarse de sus amigos. A pesar de esto, es fiel al viejo juego, es decir, no admite más que pruebas materiales... pero sabe su oficio. El año último desembrolló todo un proceso de asesinato en el cual faltaban todos los indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte!