—Eso quiere decir que es un pillo.
Raskolnikoff no pudo menos de reírse; pero en el mismo instante se asombró de haber dado la misma explicación con verdadero placer, él, que hasta entonces había seguido la conversación a regañadientes y porque no podía menos.
«¿Habré tomado yo gusto a estas cuestiones?»—pensaba.
Pero casi al mismo tiempo sintióse acometido de súbita inquietud, que bien pronto llegó a ser intolerable.
Los dos jóvenes encontrábanse ya a la puerta de la casa Bakalaieff.
—Entra solo—dijo bruscamente Raskolnikoff—; vuelvo en seguida.
—¿A dónde vas? ¿Hemos llegado ya?
—Tengo una cosa que hacer... Estaré aquí dentro de media hora... Tú les dirás...
—Bueno, te acompaño.