—Tú eres el asesino—replicó el otro recalcando sus palabras con más precisión y energía que antes, al mismo tiempo que en sus labios se dibujaba la sonrisa del odio triunfante y miraba fijamente el pálido rostro de Raskolnikoff, cuyos ojos se habían puesto vidriosos.
Se aproximaban en aquel momento a una encrucijada. El burgués tomó por una calle a la derecha y continuó su camino sin volver la vista atrás.
Raskolnikoff le dejó alejarse, pero le siguió largo tiempo con la mirada. Después de haber andado cincuenta pasos el desconocido se volvió para observar al joven que continuaba como clavado en el mismo sitio. La distancia no le permitía ver bien; sin embargo, Raskolnikoff creyó advertir que aquel individuo le miraba todavía sonriendo con expresión de odio frío y triunfante.
Helado de espanto, con las piernas temblorosas, volvió como pudo a su casa y subió a su cuarto. Cuando hubo dejado la gorra sobre la mesa, permaneció de pie inmóvil durante diez minutos. Luego, extenuado, se echó en el sofá y se extendió lánguidamente lanzando un débil suspiro. Al cabo de media hora sonaron pasos apresurados, y al mismo tiempo Raskolnikoff oyó la voz de Razumikin; el joven cerró los ojos y se hizo el dormido. Razumikin abrió la puerta y durante algunos minutos permaneció irresoluto en el umbral. En seguida entró suavemente en la sala y se aproximó con precaución al sofá.
—¡No le despiertes! ¡déjale dormir tranquilo! Comerá más tarde—dijo en voz baja Anastasia.
—Tienes razón—respondió Razumikin.
Salieron andando de puntillas y empujaron la puerta. Pasó otra media hora, al cabo de la cual Raskolnikoff abrió los ojos, se tendió con brusco movimiento boca arriba y colocó las manos debajo de la cabeza.
—¿Quién es, quién es ese hombre salido de debajo de la tierra? ¿Dónde estaba y qué ha visto? Lo ha visto todo, es indudable. ¿Dónde se encontraba y desde qué sitio pudo ver aquella escena? ¿Cómo se explica que no haya dado más pronto señales de vida? ¿Cómo ha podido ver...? ¿Es esto posible?—continuó Raskolnikoff, presa de un frío glacial—. Y el encontrar Mikolai el estuche debajo de la puerta, ¿era también cosa que no podía suponerse?
Comprendía que las fuerzas le abandonaban y experimentaba un violento disgusto de sí mismo.
—¡Yo debía suponer esto!—pensó con amarga sonrisa—. ¿Cómo me he atrevido, conociéndome, previendo lo que ocurriría, cómo me he atrevido a empuñar un hacha y a verter sangre? Estaba obligado a saber de antemano lo que iba a acontecerme... ¡y lo sabía!...—murmuró desesperado.