Raskolnikoff no había acabado de abrir los ojos cuando los volvió a cerrar en seguida. Tendido como estaba boca arriba no se movió. «Esta es la continuación de mi sueño»—pensó mientras abría casi imperceptiblemente los párpados para fijar una tímida mirada en el desconocido. Este, siempre en el mismo puesto, no cesaba de observarle. Después entró, cerró la puerta detrás de sí, se aproximó a la mesa, y después de haber esperado un minuto, se sentó en una silla cerca del sofá. Durante todo este tiempo no había cesado de mirar a Raskolnikoff. Luego puso el sombrero en el suelo, a su lado, y apoyó ambas manos en el puño del bastón y la barba en las manos, como el que se prepara a una larga espera. Por lo que Raskolnikoff había podido juzgar de él en una mirada furtiva, aquel hombre no era joven; parecía robusto y tenía la barba espesa, de un color rubio casi blanco.

Pasaron así diez minutos. Era aún de día, pero tarde; en la habitación reinaba el más profundo silencio; en la escalera no sonaba tampoco ruido alguno, no se oía más que el ruido de un moscardón que al volar había chocado contra la ventana. Al fin, esta situación se hizo insoportable; Raskolnikoff no pudo más y se sentó de pronto en el sofá.

—Vamos, hable usted; ¿qué es lo que quiere?

—Bien sabía que su sueño no era más que una ficción—respondió el desconocido con sonrisa tranquila—. Permítame usted que me presente: Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff...


CUARTA PARTE

I.

—¿Estoy bien despierto?—pensó de nuevo Raskolnikoff, mirando desconfiadamente al inesperado visitante—. ¿Svidrigailoff? ¡No puede ser de ningún modo!—dijo al cabo en voz alta, no atreviéndose a dar crédito a sus oídos.

Esta exclamación pareció no sorprender a su extraño visitante.