No se había engañado; era de su madre, y traía el sello del gobierno de R... Al recibirla, no pudo menos de palidecer; hacía largo tiempo que no tenía noticias de los suyos; otra cosa, además, le oprimía violentamente el corazón en aquel momento.

—Anastasia, haz el favor de irte; ahí tienes tus tres kopeks; pero, ¡por amor de Dios!, vete en seguida.

La carta temblaba en sus manos; no quería abrirla en presencia de Anastasia, y esperó, para comenzar la lectura, a que la criada se marchase. Cuando se quedó solo, llevó vivamente el papel a sus labios y lo besó. Después se puso a contemplar atentamente la dirección reconociendo los caracteres trazados por una mano querida: era la letra fina e inclinada de su madre, la cual habíale enseñado a leer y escribir. Vacilaba como si experimentase cierto temor. Al fin rompió el sobre, la carta era muy larga: dos hojas de papel comercial escritas por ambos lados.

«Mi querido Rodia—decíale su madre—. Dos meses ha que no te escribo, y esto me hace sufrir hasta el punto de quitarme el sueño. Pero, ¿verdad que tú me perdonas mi silencio involuntario? Tú sabes cuánto te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti en el mundo; tú lo eres todo para nosotras, nuestra esperanza, nuestra felicidad en el porvenir. No puedes imaginarte lo que he sufrido al saber que, al cabo de muchos meses, has tenido que dejar la Universidad, por carecer de medios de existencia, y que no tenías ni lecciones, ni recursos de ninguna especie.

»¡Cómo ayudarte con mis ciento veinte rublos de pensión al año! Los quince rublos que te mandé hace cuatro meses, se los pedí prestados, como sabes, a un comerciante de nuestra ciudad, a Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es un hombre excelente y un amigo de tu padre. Pero habiéndole dado poderes para cobrar mi pensión a mi nombre, no podía mandarte nada más antes de que se reembolsara de lo que me había prestado.

»Ahora, gracias a Dios, creo que podré enviarte algún dinero; por lo demás, me apresuro a decirte que estamos en el caso de felicitarnos por nuestra fortuna. En primer lugar, una cosa que de seguro te sorprenderá: tu hermana vive conmigo desde hace seis semanas y ya no se separará de mi lado. ¡Pobre hija mía! al fin acabaron sus tormentos; pero procedamos con orden, pues quiero que sepas cómo ha pasado todo y lo que hasta aquí te habíamos ocultado.

»Hace dos meses me escribías que habías oído hablar de la triste situación en que se hallaba Dunia respecto a la familia Svidrigailoff y me pedías noticias sobre este asunto. ¿Qué podía responderte yo? Si te hubiese puesto al corriente de los hechos, lo habrías dejado todo para venir aquí, aunque hubiera sido a pie, porque con tu carácter y tus sentimientos no habrías dejado que insultasen a tu hermana. Yo estaba desesperada; ¿pero qué hacer? Tampoco conocía entonces toda la verdad. Lo malo era que Dunetchka[6], que entró el año último como institutriz en esta casa, había recibido adelantados cien rublos, que había de pagar por medio de un descuento mensual sobre sus honorarios; por esta razón ha tenido que desempeñar su cargo hasta la extinción de la deuda.

»Esta cantidad (ahora puedo ya decírtelo, querido Rodia) se había pedido para enviarte los sesenta rublos que tanto necesitabas, y que recibiste el año pasado. Te engañamos entonces escribiéndote que aquel dinero provenía de antiguas economías reunidas por Dunetchka. No era verdad; ahora te lo confieso; porque Dios ha permitido que las cosas tomen repentinamente mejor rumbo y también para que sepas lo mucho que te quiere Dunia y el hermoso corazón que tiene.

»El hecho es que el señor Svidrigailoff comenzó por mostrarse grosero con ella; en la mesa no cesaba de molestarla con descortesías y sarcasmos... mas, ¿para qué extenderme en penosos pormenores, que no servirían más que para irritarte inútilmente, puesto que todo ello ha pasado ya? En suma, aunque tratada con muchos miramientos y bondad por Marfa Petrovna, la mujer de Svidrigailoff, y por las otras personas de la casa, Dunetchka sufría mucho, sobre todo cuando Svidrigailoff, que ha adquirido en el regimiento la costumbre de beber, estaba bajo la influencia de Baco. Menos mal si todo se hubiera limitado a esto... Pero figúrate tú que, bajo apariencias de desprecio hacia tu hermana, este insensato ocultaba una verdadera pasión por Dunia.

»Al fin se quitó la máscara; quiero decir, que hizo a Dunetchka proposiciones deshonrosas: trató de seducirla con diversas promesas declarándole que estaba dispuesto a abandonar su familia e irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en el extranjero. ¡Figúrate los sufrimientos de tu pobre hermana! No solamente la cuestión pecuniaria, de la cual te he hablado, le impedía dejar inmediatamente el empleo, sino que además temía, procediendo de este modo, despertar las sospechas de Marfa Petrovna e introducir la discordia en la familia.