Raskolnikoff se sonrió sarcásticamente. Razumikin hizo una mueca; pero la respuesta de la joven no calmó a Ludjin, que a cada instante se ponía más pedante e intratable.
—El amor por el esposo, por el futuro compañero de la vida, debe estar por encima del amor fraternal—declaró sentenciosamente—; en todo caso yo no puedo admitir que se me coloque en la misma línea... Aunque haya dicho hace un momento que no quería ni podía explicarme en presencia de su hermano acerca del principal objeto de mi visita, hay un punto de suma gravedad para mí que desearía esclarecer en seguida con su señora madre. Su hijo de usted—continuó dirigiéndose a Pulkeria Alexandrovna—, ayer, delante del señor Razumikin, ¿no es éste el apellido de usted?, dispénseme si he olvidado su nombre—dijo a éste haciéndole un amable saludo—, me ha ofendido, alterando una frase pronunciada por mí el día que tomé café en casa de ustedes. Dije yo que, en mi concepto, una joven pobre y ya experimentada en la desgracia ofrecía a un marido más garantías de moralidad y dicha conyugal que una persona que hubiese vivido siempre en la abundancia. Su hijo de usted, con deliberado propósito, ha dado significado odioso a mis palabras y presumo que se ha fundado para ello en alguna carta de usted. Sería una gran satisfacción para mí si usted me probase que estaba engañado. Dígame con exactitud en qué términos ha reproducido mi pensamiento al escribir al señor Raskolnikoff.
—Ya no me acuerdo—respondió algo confusa Pulkeria Alexandrovna—; le manifesté el pensamiento de usted, tal como lo había comprendido. Ignoro cómo ha repetido Rodia mi frase. Puede que haya forzado mis términos...
—No ha podido hacerlo más que inspirándose en lo que usted haya escrito.
—Pedro Petrovitch—replicó con dignidad Pulkeria Alexandrovna—, la prueba de que Dunia y yo no hemos tomado a mala parte las palabras de usted, es que estamos aquí.
—¡Bien, mamá!—aprobó la joven.
—¿De modo que soy yo el equivocado?—dijo resentido Ludjin.
—¿Ve usted, Pedro Petrovitch? Acusa usted a Rodia sin tener en cuenta que en su carta de hoy le atribuye usted un hecho falso—prosiguió Pulkeria Alexandrovna, muy animada por la aprobación que acababa de manifestarle su hija.
—No me acuerdo de haber escrito nada falso.
—Según la carta de usted—declaró con tono áspero Raskolnikoff sin volverse hacia Ludjin—, el dinero que entregué ayer a la viuda de un hombre atropellado por un coche se lo había dado a su hija (a quien veía entonces por primera vez). Usted ha escrito eso con la intención, sin duda, de indisponerme con mi familia, y para conseguirlo mejor, ha calificado de la manera más innoble la conducta de una joven a quien usted no conocía. Esto es una baja difamación.