—¡Qué impudencia!—exclamó Dunia saltando de su asiento—. ¡Pero si lo que quiero es perderle de vista para siempre!
—¿Cómo? ¿Eso dice usted?—vociferó Ludjin, tanto más desconcertado cuanto que hasta el último minuto había creído imposible semejante ruptura—. ¡Ah! ¿Es así? ¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que yo podría protestar?
—¿Con qué derecho le habla usted así?—dijo con vehemencia Pulkeria Alexandrovna—. ¿De qué tiene usted que protestar? ¿Cuáles son sus derechos? Sí, sus derechos. ¿Iría yo a dar a mi Dunia a un hombre como usted? ¡Váyase en seguida y déjenos tranquilas! ¿En qué estábamos pensando, sobre todo yo, para consentir en una cosa tan indigna?
—Sin embargo, Pulkeria Alexandrovna—replicó Pedro Petrovitch exasperado—, ustedes me han comprometido, dando una palabra que ahora retiran... y, por último, esto... esto... me ha ocasionado gastos.
La última recriminación estaba tan dentro del carácter de Ludjin, que Raskolnikoff, a pesar del furor que sentía, no pudo oírla sin soltar la carcajada; pero no le sucedió lo mismo a Pulkeria Alexandrovna.
—¿Gastos? ¿Gastos?—replicó violentamente—. ¿Se trata acaso del cajón que usted nos ha mandado? ¡Pero si usted ha obtenido su transporte gratuito! ¿Y pretende usted que le hemos comprometido? ¿Se pueden invertir los papeles hasta ese punto? Nosotras somos las que estamos a merced de usted, y no usted a la nuestra.
—¡Basta, mamá, basta, te lo suplico!—dijo Advocia Romanovna—. Pedro Petrovitch, tenga usted la bondad de marcharse.
—Sí, me voy. Una palabra solamente—respondió casi fuera de sí—. Su mamá de usted parece haber olvidado completamente que pedí su mano cuando corrían acerca de usted muy malos rumores en toda la comarca. Al desafiar por usted la opinión pública, y al restablecer su reputación, tenía derecho a esperar que me lo agradecería usted; pero esto me hace caer la venda de los ojos, y veo que mi conducta ha sido muy inconsiderada y que quizá he cometido un gran error despreciando la voz pública...
—¡Pero este hombre quiere que le rompan la cabeza!—exclamó Razumikin, que se había levantado para castigar al insolente.