—Creo haberle visto hoy—dijo titubeando.

—¿A quién?

—A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre nueve y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera jurado que era él. Quise ir a decírselo a Catalina Ivanovna, pero...

—¿Paseaba usted?

—Sí...—murmuró Sonia, bajando, avergonzada, los ojos.

—¿Catalina Ivanovna solía pegarla cuando estaba usted en casa de su padre?

—¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No—exclamó la joven mirando a Raskolnikoff con cierto espanto.

—¿De modo que usted la quiere?

—¿Cómo no?—repuso Sonia con voz lenta y plañidera. Después juntó bruscamente las manos con expresión de piedad—. ¡Ah, si usted...! ¡Si usted la conociese! Es lo mismo que una niña. Tiene el juicio extraviado por la desgracia. ¡Pero es tan inteligente! ¡Es tan buena y generosa! ¡Ah, si usted supiera!