—¿Qué? ¿La incertidumbre?—interrumpió el juez de instrucción.

—No me exaspere usted más... No quiero, digo a usted que no quiero... no puedo ni quiero... ¿oye usted?—gritó con voz de trueno Raskolnikoff, descargando un nuevo puñetazo sobre la mesa.

—Más bajo, más bajo; van a oírle a usted, se lo advierto seriamente. Tenga cuidado—murmuró Porfirio.

El juez de instrucción no tenía ya aquel aire de campesino que comunicaba a su rostro cierta candidez; fruncía las cejas, hablaba como amo y estaba a punto de quitarse la careta; pero esta nueva actitud no duró más que un instante. Aunque al punto Raskolnikoff se entregó a un arrebato de cólera, sin embargo, cosa extraña, esta vez, como antes, aunque estaba en el colmo de la exasperación, obedeció la orden de bajar la voz; comprendía, además, que no podía menos de hacerlo, y este pensamiento contribuyó a aumentar su irritación.

—No me dejaré martirizar—murmuró—; deténgame usted, regístreme, haga cuantas investigaciones quiera; pero proceda usted en debida forma, y no juegue conmigo. No tenga usted la audacia...

—No se inquiete usted por la forma—interrumpió Porfirio con su acento sardónico, mientras contemplaba a Raskolnikoff con cierto júbilo—; es familiarmente, batuchka, como amigo, como he invitado a usted a que viniera a verme.

—No quiero la amistad de usted; la desprecio. ¿Entiende usted? Y ahora tomo la gorra y me voy. Usted dirá si tiene intención de detenerme.

En el momento en que se acercaba a la puerta, Porfirio Petrovitch le asió de nuevo del brazo, por un poco más arriba del codo.

—¿No quiere usted que le dé una pequeña sorpresa?—dijo, riendo, el juez de instrucción, que cada vez parecía más burlón, lo que acabó de poner a Raskolnikoff fuera de sí.

—¿Qué pequeña sorpresa? ¿Qué quiere usted decir?—preguntó el joven, deteniéndose de repente y mirando con inquietud a Porfirio.