—¿Fué usted quien vino?—interrumpió Raskolnikoff.

Comenzaba a comprender.

—Sí; yo le he insultado a usted.

—¿Estaba usted en aquella casa?

—Sí, me encontraba junto a la puerta cochera cuando la visita de usted. ¿Lo ha olvidado usted? Vivo allí desde hace mucho tiempo. Soy peletero...

Raskolnikoff se acordó súbitamente de toda la escena de la antevíspera. En efecto: independientemente de los dvorniks había en la puerta cochera muchas personas, hombres y mujeres. Uno de ellos había propuesto que se le condujese a la comisaría de policía. No podía acordarse del rostro del que emitió esta idea; tampoco le reconoció en este momento; pero sí se acordaba de haberle respondido algo y de haberse vuelto a mirarle.

Así se explicaba de la manera más sencilla del mundo el terrible misterio de la víspera. ¡Y bajo la impresión de la inquietud que le causaba una circunstancia tan insignificante, había estado a punto de perderse! Aquel hombre no podía contar nada sino que Raskolnikoff se presentó a alquilar el cuarto de la vieja y que preguntó acerca de la sangre. Aparte de esta excursión de un enfermo en delirio, salvo esa psicología de dos filos, Porfirio no sabía nada. No tenía ningún hecho, nada positivo. «Por consiguiente—pensaba el joven—, si no surgen nuevos cargos (y no surgirán, estoy seguro de ello), ¿qué pueden hacerme? Aunque me detuvieran, ¿cómo demostrarían definitivamente mi culpabilidad?»

Otra conclusión se desprendía para Raskolnikoff de las palabras de su visitante: hacía muy pocas horas que Porfirio tuvo noticia de su visita al cuarto de la víctima.

—¿Usted le ha dicho hoy a Porfirio que estuve yo allí?—preguntó el joven asaltado por súbita idea.