—Yo salí inmediatamente después de usted, y entonces fué cuando comenzó el interrogatorio de Mikolai.
Terminado su relato, el menestral se inclinó de nuevo hasta el suelo.
—Perdóneme usted por mi denuncia y por el error en que he incurrido.
—¡Que Dios te perdone!—respondió Raskolnikoff.
«Nada de inculpaciones precisas, nada más que pruebas de dos filos», pensó Raskolnikoff renaciendo a la esperanza, y salió de la habitación. «Todavía podemos luchar», se dijo con sonrisa colérica, mientras bajaba la escalera.
Estaba irritado contra sí mismo y sentíase humillado.