Dos personajes de una categoría bastante elevada y que protegieron los comienzos de su carrera, fueron objeto de los ataques de los radicales, que llevaron, empero, las de perder. He aquí porque desde su llegada a la capital, Pedro Petrovitch trataba de enterarse de dónde soplaba el viento, para, en caso de necesidad, granjearse las simpatías de nuestras jóvenes generaciones. Contaba con Andrés Semenovitch para que le ayudase. La conversación de Ludjin cuando visitó a Raskolnikoff nos ha demostrado ya que había conseguido apropiarse en parte la fraseología de los reformadores.
Andrés Semenovitch estaba empleado en un Ministerio. Pequeño, desmedrado, escrofuloso, tenía el cabello de un rubio casi blanco y llevaba patillas en forma de chuletas con las cuales estaba orgulloso; casi siempre tenía malos los ojos. Aunque en el fondo era una bella persona, mostraba en su lenguaje una presunción a menudo rayana con la temeridad, lo que hacía extraño contraste con su aspecto enfermizo. Se le consideraba, por lo demás, como uno de los inquilinos comme il faut porque no se embriagaba y pagaba con puntualidad su pupilaje. Aparte de estos méritos, Andrés Semenovitch era en realidad bastante necio. Un arrebato irreflexivo le llevó a afiliarse bajo la bandera del progreso: era uno de esos numerosos incautos que se enamoran de las ideas de moda y desacreditan con sus majaderías una causa a la cual se han unido sinceramente.
No obstante su buen carácter, Lebeziatnikoff acabó por encontrar insoportable a su huésped y antiguo tutor. Pedro Petrovitch, por su parte, correspondíale con la misma antipatía. A despecho de su simplicidad, Andrés Semenovitch comenzaba a advertir que en el fondo Pedro Petrovitch le despreciaba y que con este hombre no se podía ir a ninguna parte. Trató de exponerle el sistema de Fourier y el de Darwin; pero Ludjin, que en un principio se contentó con escucharle burlonamente, no se privaba ahora de decir palabras mortificantes a su joven catequista. Lo cierto es que Ludjin acabó por creer que Lebeziatnikoff era no solamente un imbécil, sino un charlatán desprovisto de toda importancia en su propio partido. Su función especial era la propaganda, y todavía no debía de estar muy ducho en ella, porque vacilaba a menudo en sus explicaciones. Decididamente, ¿qué tenía que temer Ludjin de semejante sujeto?
Notemos de paso que desde su instalación en casa de Andrés Semenovitch (sobre todo en los primeros días), Pedro Petrovitch aceptaba con placer, o por lo menos sin protesta, los cumplimientos muy extraños de su huésped cuando éste, por ejemplo, le manifestaba un gran celo por el establecimiento de una nueva commune en la calle de los Burgueses, y cuando le decía: «Es usted demasiado inteligente para enfadarse si su mujer toma un amante un mes después de su matrimonio; un hombre ilustrado como usted no bautizará a sus hijos, etc., etc.» Pedro Petrovitch no pestañeaba al oír que le hablaban de tal modo; tan agradables le eran los elogios, fuesen como fuesen.
Había negociado algunos títulos por la mañana, y ahora, sentado delante de la mesa, recontaba la suma que acababa de recibir. Andrés Semenovitch casi nunca tenía dinero y se paseaba por la habitación afectando no mirar aquellos fajos de billetes de Banco sino con despreciativa indiferencia. Ludjin no creía que aquel desdén fuera sincero. Por su parte, Lebeziatnikoff adivinaba, no sin disgusto, el pensamiento escéptico de su huésped y pensaba que éste se había puesto a contar el dinero para humillarle y recordarle la distancia que la fortuna había establecido entre ambos.
Ahora Pedro Petrovitch estaba mucho peor dispuesto y desatento que nunca. Aunque Lebeziatnikoff desarrollaba su tema favorito, el comunismo, el hombre de negocios sólo se interrumpía para hacer de vez en cuando alguna observación burlona y descortés. Pero Andrés Semenovitch seguía imperturbable. El mal humor de Ludjin se explicaba a sus ojos por el despecho de un enamorado a quien acababan de dejar compuesto y sin novia. También intentó buscar este motivo de conversación con objeto de consolar a su respetable amigo.
—Parece que se prepara una comida de duelo en casa de esa... viuda—dijo a quema ropa Ludjin interrumpiendo a Lebeziatnikoff en el punto más interesante de su peroración.
—¿No lo sabía usted, acaso? Ya le hablé ayer de eso, y le expuse mi opinión sobre tales costumbres... Según tengo entendido, le han invitado a usted. Ayer mismo habló usted con ella.
—Jamás hubiera creído que la miseria en que se encuentra permitiese a esa imbécil gastar en una comida todo el dinero que le entregó ese otro imbécil de Raskolnikoff. Ahora, al entrar, me he quedado estupefacto viendo todos esos preparativos, todos esos vinos... Ha invitado a muchas personas; el diablo sabrá por qué—continuó Pedro Petrovitch, que parecía haber provocado con intención deliberada aquella conversación—. ¿Qué? ¿Dice usted que me ha invitado?—añadió de repente, levantando la cabeza—. ¿Cuándo ha sido eso? No lo recuerdo. De todas maneras, no pienso ir. ¿Qué tengo que hacer allí? No la conozco más que por haber hablado un minuto con ella ayer; le dije que como viuda de empleado podría obtener un subsidio. ¿Me habrá invitado por eso?