—¿Raskolnikoff está ahí? ¿Ha venido?—le preguntó en voz baja.

—¿Raskolnikoff? Sí. ¿Y qué? Sí, está ahí. Acaba de llegar. Le he visto... ¿Y qué?

—En ese caso suplico a usted encarecidamente que se quede aquí y no me deje a solas con esta... señorita. El negocio de que se trata es insignificante, pero sabe Dios qué conjeturas podrían hacerse. No quiero que Raskolnikoff vaya a creer... ¿Comprende usted por qué digo esto?

—Sí, comprendo, comprendo—respondió Lebeziatnikoff—. Está usted en su derecho. Sin duda, en mi convicción personal, los temores de usted son muy exagerados, pero... no importa, está usted en su derecho. Bueno, me quedaré. Voy a ponerme cerca de la ventana. No les molestaré; en mi opinión, está usted en su derecho.

Pedro Petrovitch volvió a sentarse enfrente de Sonia, y la contempló atentamente. Después su rostro tomó una expresión muy grave, casi severa, como si indicase: «No vaya usted a figurarse, señorita, cosas que no son». Sonia perdió por completo su serenidad.

—Ante todo suplico a usted, Sonia Semenovna, que presente mis excusas a su respetable mamá. Supongo que no me engaño al expresarme así. Catalina Ivanovna hace con usted veces de madre, ¿no es verdad?—dijo Pedro Petrovitch con tono muy serio, pero a la vez bastante amable.

Evidentemente sus intenciones eran muy amistosas.

—Sí, en efecto: hace conmigo veces de madre—se apresuró a responder la pobre Sonia.

—Pues bien, dígale usted cuánto siento que circunstancias independientes de mi voluntad me impidan aceptar su amable invitación.

—Voy a decírselo—y Sonia se levantó en seguida.