Estas palabras apenas hicieron sonreír a Pedro Petrovitch. Su pensamiento estaba en otra parte y se restregaba las manos muy preocupado. Andrés Semenovitch había de acordarse más tarde de la preocupación de su amigo.

II.

Difícil sería decir con exactitud cómo había nacido en el cerebro desequilibrado de Catalina Ivanovna la idea de aquella insensata comida. Gastó, en efecto, en dicho banquete más de la mitad del dinero que le había dado Raskolnikoff para las exequias de Marmeladoff. Tal vez se creía obligada a honrar «convenientemente» la memoria de su marido, a fin de demostrar a todos los inquilinos, y especialmente a Amalia Ivanovna, que el difunto valía tanto como ellos, si era que no valía más. Quizá obedecía a ese orgullo de los pobres que en determinadas circunstancias de la vida, como bautizo, matrimonio, entierro, etc., los impulsa a sacrificar sus últimos recursos con el solo objeto de «hacer las cosas tan bien como los otros». Permitido es suponer que, en el momento mismo en que se veía reducida a la más extremada miseria, Catalina Ivanovna quería mostrar a toda aquella «gentuza», no solamente que ella sabía «vivir y recibir», sino que, hija de un coronel, educada «en una casa noble y aristocrática», no había nacido para fregar el suelo con sus propias manos y lavar por la noche la ropa de sus hijos.

Las botellas de vino no eran ni muy numerosas ni de marcas muy variadas; faltaba el Madera. Pedro Petrovitch había exagerado. Sin embargo, había aguardiente, ron, Oporto, todo de inferior calidad, pero en abundancia. El menú, preparado en la cocina de Amalia Ivanovna, comprendía, además del kutia, tres o cuatro platos, principalmente blines; además, estaban preparados dos samovars para los convidados que quisieran tomar te o ponche después de la comida. Catalina Ivanovna se ocupó por si misma en las compras, con ayuda de un inquilino de la casa, un polaco famélico, que habitaba, sabe Dios en qué condiciones, en casa de la señora Lippevechzel.

Desde el primer momento este pobre hombre se puso a disposición de la viuda, y durante treinta y seis horas no dejó de hacer recados con celo que, por otra parte, el bueno del polaco no perdía ripio para hacerlo notar. A cada instante, por la menor futesa, todo presuroso y atareado acudía a pedir instrucciones a la viuda Marmeladoff. Después de haber declarado que sin la solicitud de este «hombre servicial y magnánimo», no hubiera sabido qué hacer, Catalina Ivanovna acabó por encontrarlo absolutamente insoportable. Era propio de su carácter entusiasmarse de repente por cualquiera; le veía con los colores más brillantes y le atribuía mil méritos que sólo existían en su imaginación, pero en los cuales creía con toda buena fe. Después al entusiasmo sucedía bruscamente la desilusión, y entonces se desataba en injurias contra aquel a quien pocas horas antes había colmado de excesivas alabanzas.

Amalia Ivanovna tomó también súbita importancia a los ojos de Catalina Ivanovna; ésta delegó en ella, cuando se fué al entierro, todos sus poderes, y la señora Lippevechzel se mostró digna de esta confianza. Ella fué, en efecto, quien se encargó de preparar la mesa y de suministrar el servicio de la misma. Claro es que la vajilla, los vasos, las tazas, los tenedores, los cuchillos, prestados por los diversos inquilinos, mostraban en su rica variedad sus diversos orígenes; pero en aquel momento cada cosa estaba en su puesto. Cuando volvió a la casa mortuoria, Catalina Ivanovna pudo advertir una expresión de triunfo en el rostro de la patrona. Orgullosa de haber cumplido tan bien su misión, aquélla se pavoneaba con su traje de duelo completamente nuevo, y su gorrito adornado con lazos. Este orgullo, por legítimo que fuese, no agradó a la viuda: «¡Como si verdaderamente no se hubiera podido poner la mesa sin Amalia Ivanovna!» El gorrito con sus lazos flamantes también le disgustó: «¡Vaya con la tonta alemana esta que no hace más que estorbar!... ¡Se ha dignado, por bondad de alma! ¡Habráse visto! En casa del padre de Catalina Ivanovna, que era coronel, había algunas veces cuarenta personas a comer, y no se hubiera recibido ni aun para el servicio, a una Amalia Ivanovna, o, mejor dicho, Ludvigovna.» La viuda de Marmeladoff no quiso manifestar entonces sus sentimientos; pero se prometió no quedarse con esta impertinencia en el cuerpo.

Otra circunstancia contribuyó también a irritar a Catalina Ivanovna: a excepción del polaco que fué hasta el cementerio, casi ninguno de los invitados acompañó el cadáver hasta su última morada; por el contrario, cuando se trató de sentarse a la mesa, se vió llegar todo lo que había de más pobre y de menos recomendable entre los inquilinos; algunos se presentaron en traje más que descuidado. Los que estaban un poco limpios se habían dado palabra para no venir comenzando por Ludjin, el más distinguido de todos ellos. Sin embargo, el día anterior, por la noche, Catalina Ivanovna había cantado las excelencias de él a todo el mundo, es decir, a la patrona, a Poletchka, a Sonia y al polaco. Era, según aseguraban, un hombre muy noble y muy bueno; además de esto, era inmensamente rico y estaba muy bien relacionado. Afirmaba que había sido amigo de su primer marido, y frecuentado también en otro tiempo la casa de su padre. Aseguraba, además, que había prometido emplear toda su influencia para conseguirle una pensión importante.

Raskolnikoff se presentó cuando acababan de llegar del cementerio. Catalina Ivanovna quedó encantada al verle, en primer lugar, porque, de todas las personas presentes, era el único hombre culto (lo presentó a todos los invitados, diciendo que dentro de dos años sería catedrático de la Universidad de San Petersburgo), y además, por haberse excusado respetuosamente de no haber podido, a pesar de sus deseos, asistir a las exequias. La viuda se apresuró a hacerle sentar a su izquierda, teniendo ya a Amalia Ivanovna sentada a su derecha, y entabló a media voz con el joven una conversación tan seguida como se lo permitían sus deberes de dueña de casa.

Su enfermedad había tomado desde hacía dos días un carácter más alarmante que nunca, y la tos, que le desgarraba el pecho, le impedía a menudo terminar las frases. Sin embargo, se consideraba feliz por tener a quien confiar la indignación que experimentaba ante aquel concurso de figuras grotescas. Al principio, su cólera se manifestaba en las burlas que dirigía a los invitados y, sobre todo, a la propietaria.

—Todo ello es por culpa de esa imbécil. Ya sabe usted de quién hablo—y Catalina Ivanovna mostró con un movimiento de cabeza a la patrona—. Mírela usted cómo abre los ojos; adivina que hablamos de ella; pero no puede comprender lo que decimos; ahí tiene usted por qué pone esos ojos de besugo. ¡Ah, qué coqueta!... ¡Ja, ja, ja! ¿Qué idea le ha dado de ponerse ese bonete? ¡Ja, ja, ja! Quiere hacer creer a todo el mundo que me honra mucho sentándose a mi mesa. Le había suplicado que invitase a las personas más distinguidas, y con preferencia a aquellas que habían conocido al difunto, y mire usted qué colección de desharrapados y de perdidos ha reclutado. Fíjese usted: aquél no se ha lavado, da asco; ¿y esos desgraciados polacos?... ¡Ah, ah! ¡Je, je, je! Aquí nadie los conoce, y yo los veo por primera vez. Dígame usted: ¿Por qué han venido? Ahí están como una ristra de cebollas. ¡Eh!—gritó a uno de ellos—. ¿Ha tomado usted blines? Tome usted más; beba usted cerveza. ¿Quiere usted aguardiente? Mire, mire, se ha levantado para saludarme. Son, sin duda, pobres diablos muertos de hambre. Todo les es igual con tal de comer. Por lo menos no hacen ruido; pero yo estoy temblando por los cubiertos de la patrona—dijo casi en voz alta, dirigiéndose a Amalia Ivanovna—. Si por acaso roban sus cucharas, le prevengo que yo de nada respondo.