Después, dirigiéndose a la joven que estaba extremadamente pálida y bastante sorprendida, añadió:

—Sonia Semenovna, inmediatamente después de la visita de usted, he echado de menos un billete de Banco de cien rublos, que había sobre una mesa de la habitación de mi amigo Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff. Si usted sabe lo que ha sido de ese billete y me lo dice, doy a usted, en presencia de todas estas personas, mi palabra de honor de que este asunto no tendrá consecuencias; en caso contrario, me veré obligado a recurrir a medidas muy serias, y entonces... no tendrá usted que echar la culpa a nadie sino a sí misma.

Un profundo silencio siguió a estas palabras. Hasta los niños cesaron de llorar. Sonia, mortalmente pálida, miraba a Ludjin sin acertar a responder. Parecía no haber comprendido aún. Así pasaron algunos segundos.

—Vamos, ¿qué responde usted?—preguntó Pedro Petrovitch, mirando atentamente a la joven.

—Yo no sé... no sé nada—dijo al cabo con voz débil.

—¿No? ¿Usted no sabe nada?—preguntó Ludjin, y dejó pasar nuevamente algunos segundos.

En seguida añadió con tono severo:

—Piense usted en lo que le digo, señorita; reflexione usted; quiero darle tiempo bastante. Si no estuviese completamente seguro de mi afirmación, me guardaría muy mucho de lanzar contra usted una acusación tan grave. Tengo demasiada experiencia en los negocios para exponerme a una querella por difamación. Esta mañana he ido a negociar unos títulos, que representaban un valor nominal de 3.000 rublos. De vuelta en mi alojamiento, me he puesto a contar el dinero; Andrés Semenovitch es testigo. Después de haber contado dos mil trescientos rublos, los he guardado en una cartera que he metido en el bolsillo del pecho de la levita. Quedaban sobre la mesa unos quinientos rublos en billetes de Banco, entre los cuales había tres de cien rublos cada uno. Entonces fué cuando, a invitación mía, vino usted a nuestro cuarto, y durante todo el tiempo de su visita ha estado usted extraordinariamente agitada. Por tres veces se ha levantado usted para salir, aun cuando nuestra conversación no había terminado aún. Andrés Semenovitch puede dar fe de todo esto.

»Usted no negará, así por lo menos lo creo, que la he hecho llamar por Andrés Semenovitch con objeto de ocuparme con usted en la situación desgraciada de su madrastra (a cuya casa no podía venir yo a comer), y de la forma de socorrerla por medio de subscripción, lotería, o cosa parecida. Usted me dió las gracias con las lágrimas en los ojos. (Entro en todos estos pormenores, para probarle que no he olvidado ninguna circunstancia.) Inmediatamente he tomado de encima de la mesa un billete de diez rublos, y se lo he entregado a usted como primer recurso para su madrastra. Andrés Semenovitch lo ha visto todo. Después la he acompañado hasta la puerta, y usted se ha retirado con la misma agitación que antes.