—Ya le he dicho que iba delante de mí, por la avenida, tambaleándose. Apenas llegó a este banco, se dejó caer en él.
—¡Ah! ¡Qué infamias se cometen en el mundo, señor! ¡Tan joven... y borracha! ¡La han engañado, de seguro! ¡Tiene la ropa desgarrada!... ¡Oh, cuánto vicio hay en el día!... Quizá sean sus padres nobles arruinados. ¡Hay tantos ahora! Parece una señorita de buena familia.
Acaso el guardia era padre de hijas bien educadas, a las cuales pidiera tomarse por muchachas de buena familia.
—Lo esencial—dijo Raskolnikoff—es impedir que caiga en las manos de ese hombre. De fijo que el bribón no ha desistido de su propósito. ¡Allí sigue!
Al decir estas palabras, el joven levantó la voz e indicó con un ademán al caballero. Este, al oír lo que de él se decía, hizo ademán de enfadarse; pero después, pensándolo mejor, se limitó a lanzar a su enemigo una mirada despreciativa y se alejó otros diez pasos, deteniéndose de nuevo.
—No, no se saldrá con la suya ese señor—respondió con aire pensativo el guardia—; si dijese dónde vive... pero no sabiéndolo... Señorita, ¡eh! señorita—añadió dirigiéndose otra vez a la joven.
De repente, la muchacha abrió los ojos y miró atentamente, como si un rayo de luz iluminase su espíritu. Se levantó y echó a andar en dirección opuesta a la que había llevado.
—¡Vaya con los sinvergüenzas! ¡qué manera de asediar a una!—dijo extendiendo de nuevo el brazo como para apartar a alguien.
Iba de prisa; pero con paso siempre poco seguro. El elegante se puso a seguirla, aunque por el otro lado del paseo, sin perderla de vista.
—Esté usted tranquilo; repito que no se saldrá con la suya—dijo resueltamente el guardia, y partió en seguimiento de la joven—. ¡Ah! ¡cuánto vicio hay ahora!—repitió, exhalando un suspiro.