Después añadió:
—Señorita, que la humillación de hoy le sirva a usted de lección para el porvenir; no daré parte; las cosas no pasarán de aquí.
Pedro Petrovitch dirigió una mirada de reojo a Raskolnikoff; sus ojos se encontraron; los del joven despedían llamas. En cuanto a Catalina Ivanovna, parecía no haber oído nada y continuaba abrazando a Sonia con una especie de frenesí. A ejemplo de su madre, los niños estrechaban entre sus bracitos a la joven; Poletchka, sin comprender lo que pasaba, sollozaba a más no poder, con su linda carita apoyada en el hombro de Sonia. De repente, en el umbral de la puerta una voz sonora exclamó:
—¡Qué villanía!
Pedro Petrovitch se volvió vivamente.
—¡Qué villanía!—repitió Lebeziatnikoff mirando fijamente a Ludjin.
Este último se estremeció. Todos lo advirtieron (luego se acordaron de esta circunstancia). Lebeziatnikoff entró en la sala.
—¿Y usted se ha atrevido a invocar mi testimonio?—dijo aproximándose a Pedro Petrovitch.
—¿Qué significa esto? ¿De qué habla usted, Andrés Semenovitch?—preguntó Ludjin.
—Esto significa que usted es un... calumniador. Ya tiene usted explicado el sentido de mis palabra—replicó arrebatadamente Lebeziatnikoff.