—¡Siempre lo mismo!—replicó Raskolnikoff contrariado—. Usted no piensa más que en ellos. Quédese usted un momento conmigo.

—Pero... Catalina Ivanovna...

—Catalina Ivanovna vendrá aquí, no tenga usted duda—respondió con tono de enfado el joven—. Culpa de usted será si no la encuentra.

Sentóse Sonia, presa de cruel perplejidad. Raskolnikoff, con los ojos bajos, reflexionaba.

—Hoy Ludjin quería, simplemente, desacreditarla a usted; lo concedo—dijo sin mirar a Sonia—; sí, le hubiera convenido meterla a usted en la cárcel, y si no hubiéramos estado allí Lebeziatnikoff y yo, lo habría hecho. ¿No es así?

—Sí—dijo la joven con voz débil—. Sí—repitió maquinalmente, distraída de la conversación a causa de la inquietud que experimentaba.

—Podía, en efecto, no haber estado yo allí, y si Lebeziatnikoff se encontró fué por casualidad.

Sonia guardó silencio.

—Si la hubieran llevado a usted a la cárcel, ¿qué habría sucedido? ¿Se acuerda usted de lo que dije ayer?

Sonia continuó callada, y el joven esperó un momento su respuesta.