—¿Cómo lo has adivinado?

—No es muy difícil adivinarlo.

Razumikin se quedó un momento silencioso.

—Has sido siempre muy inteligente, y nunca, nunca has estado loco—observó luego—. Has dicho la verdad; voy a dedicarme a la bebida. Adiós.

Y dió un paso hacia la puerta.

—Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado de ti a mi hermana—dijo Raskolnikoff.

Razumikin se detuvo de repente.

—¿De mí? ¿Dónde has podido verla anteayer?—preguntó, poniéndose un tanto pálido. Estaba agitadísimo.

—Vino aquí sola. Se ha sentado en este sitio, y ha hablado conmigo.

—¿Ella?