—¿Cómo? ¿Que quién ha matado?—replicó, como si no hubiese dado crédito a sus oídos—. ¿Quién ha de ser? ¡Usted, Rodión Romanovitch, usted es el que ha matado! ¡Sí, usted!...—añadió en voz baja y en tono de profundo convencimiento.

Raskolnikoff se levantó bruscamente, permaneció en pie algunos segundos, y después se sentó sin decir una sola palabra. Ligeras convulsiones agitaban los músculos de su rostro.

—Le tiemblan a usted las manos como el otro día—hizo notar con interés Porfirio—. Por lo que veo, usted no se ha hecho cargo del objeto de mi visita, Rodión Romanovitch—prosiguió, después de una pausa—. De aquí el asombro de usted. He venido precisamente para decirlo todo y esclarecer la verdad.

—¡Yo no he matado!—murmuró el joven, defendiéndose como lo hace un niño sorprendido en falta.

—Sí, ha sido usted, Rodión Romanovitch; ha sido usted, usted solo—replicó severamente el juez de instrucción.

Ambos se callaron y, cosa extraña, este silencio se prolongó por unos diez minutos.

Apoyado de codos sobre la mesa, Raskolnikoff se metía los dedos entre el cabello. Porfirio Petrovitch esperaba sin dar señal alguna de impaciencia. De repente el joven miró despreciativamente al magistrado.

—Vuelve usted a sus antiguas prácticas, Porfirio Petrovitch. ¡Siempre los mismos procedimientos! ¿Cómo no le fastidian a usted ya?

—No se ocupe usted de mis procedimientos. Otra cosa sería si estuviésemos en presencia de testigos; pero aquí hablamos a solas. No he venido para cazarle y prenderle como un pajarito. Que usted confiese o no, en este momento me es igual. En un caso y en otro, mi convicción está formada.

—Si eso es así, ¿por qué ha venido usted?—preguntó con mal gesto Raskolnikoff—; le repito la pregunta que ya en otra ocasión le hice: Si me cree usted culpable, ¿por qué no dicta un auto de prisión contra mí?