El joven se sonrió con expresión de cólera.
—El lenguaje de usted es más que ridículo: es impudente. Supongamos que soy culpable (lo que en modo alguno reconozco): ¿por qué he de ir a denunciarme, puesto que, como dice usted mismo, allí, en la cárcel, estaría en reposo?
—¡Oh Rodión Romanovitch! No tome usted estas palabras al pie de la letra. Puede usted encontrar allí reposo, y puede no encontrarlo. Tengo, es cierto, la creencia de que la prisión tranquiliza al culpable; pero esto no es más que una teoría, y una teoría mía personal. Así, pues, ¿soy yo una autoridad para usted? ¡Quién sabe si en este momento mismo no le oculto alguna cosa! No puede usted exigir que le entregue todos mis secretos, ¡je, je, je! Lo incontestable es el provecho que sacará usted haciendo lo que yo le propongo: irá ganando, puesto que su condena disminuirá notablemente. Piense usted un poco en qué momento vendría a denunciarse: en el que otra persona ha asumido sobre sí la responsabilidad del crimen, embrollando, en cierto modo, el proceso. Por lo que a mí toca, juro ante Dios dejarle a usted en el tribunal todas las ventajas de su iniciativa. Los jueces ignorarán, se lo prometo, toda esa psicología, todas las sospechas recaídas sobre usted y su conducta tendrá a los ojos de aquellos magistrados un carácter absolutamente espontáneo. En el crimen de usted no se verá más que el resultado de una impulsión fatal, y no otra cosa. Soy un hombre honrado, Rodión Romanovitch, y mantendré mi palabra.
Raskolnikoff bajó la cabeza y reflexionó durante largo tiempo; luego sonrióse de nuevo; pero esta vez su sonrisa era dulce y melancólica.
—¿Qué me importa?—dijo, sin parecer que se daba cuenta de que su lenguaje equivalía casi a una confesión—, ¿qué me importa la diminución de pena de que usted me habla? No la necesito para nada.
—Vamos, lo que yo temía—exclamó, como a pesar suyo, Porfirio—. Ya me temía yo que desdeñaría usted nuestra indulgencia.
Raskolnikoff le miró con expresión grave y triste.
—No desprecie usted la vida—continuó el juez de instrucción—. Todavía es muy larga para usted. ¿Cómo? ¿No quiere una diminución de pena? ¡A fe que no es usted descontentadizo!
—¿Qué tendría yo en adelante en perspectiva?
—La vida. ¿Acaso es usted profeta, para saber lo que la vida le reserva? Busque usted, y encontrará. Quizá Dios esperaba a usted. Por otra parte, su condena no será perpetua.