—¡Ea, subamos, puesto que dice que vamos a ir al galope!—dijeron, burlándose, los del grupo.
—Apuesto a que hace diez años que no galopa.
—¡Buena marcha llevará!
—No tengáis miedo, amigos míos; tomad cada uno una vara, ¡y duro!
—¡Eso, eso, se le arreará!
Trepan todos al carro de Mikolka riendo y burlándose. Han subido ya seis hombres y queda sitio todavía. Con los que han montado va una gruesa campesina, de rostro rubicundo, vestida con un traje de algodón rojo, en la cabeza una especie de gorro adornado con abalorios y va partiendo avellanas y se ríe de tiempo en tiempo. También se ríe la gente que rodea el carro, y en efecto, ¿cómo no reírse ante la idea de que semejante penco lleve al galope a tantas personas? Dos de los que están en el carro toman látigos para ayudar a Mikolka.
—¡Andando!—grita este último.
El caballo tira con todas sus fuerzas; pero, lejos de galopar, apenas si puede avanzar un paso: patalea, gime y encoge los lomos bajo los golpes copiosos como el granizo que los tres látigos le descargan. Redoblan las risas en el carro y en el grupo; pero Mikolka se incomoda y golpea al jaco con más fuerza como si, en efecto, esperase hacerle galopar.
—Dejadme subir a mí también, amigos míos—grita entre los espectadores un joven que arde en deseos de mezclarse con la alegre pandilla.
—Sube—respondió Mikolka—. Subid todos, que yo le haré correr.