Pero a lo que él se le alcanzaba, Svidrigailoff no debía haber ido. Raskolnikoff lo hubiera jurado. Repasando en su mente todas las circunstancias de las visitas de Porfirio, llegaba siempre a la misma conclusión negativa. Pero el que Svidrigailoff no hubiese ido aún, no quería decir que no lo haría más tarde.

Sin embargo, en este punto el joven se inclinaba también a creer que no iría. ¿Por qué? No habría podido aducir las razones en que se fundaba, y aunque hubiera podido explicárselo, no se habría preocupado demasiado. Todas estas cosas le atormentaban, y al propio tiempo le eran casi indiferentes. Cosa extraña, casi increíble: por crítica que fuese su situación actual, Raskolnikoff no tenía, a causa de ella, más que una débil inquietud. Lo que le ponía en cuidado era una cuestión mucho más importante, que no era aquélla. Experimentaba, además, un inmenso cansancio moral, aunque para razonar se hallaba en mucho mejor estado que los días precedentes.

Después de tantos combates librados, ¿sería menester aún nueva lucha para triunfar de aquellas miserables dificultades? ¿Convendría, por ejemplo, ir a poner sitio a Svidrigailoff, ante el temor de que fuese a casa del juez de instrucción?

¡Oh, cuánto le enervaba todo aquello!

Sin embargo, tenía prisa de ver a Arcadio Ivanovitch. ¿Esperaba de él algo nuevo, un consejo, un medio de salir de su situación? Los náufragos se agarran a una paja. ¿Era el destino o el instinto lo que empujaba a estos hombres uno hacia el otro? Quizá Raskolnikoff daba este paso sencillamente porque no sabía a qué santo encomendarse; tal vez tenía necesidad de alguien que no fuese Svidrigailoff, y tomaba a este último a falta de otro mejor. ¿Sonia? ¿Para qué había de ir a casa de Sonia? ¿Para hacerla llorar más? Por otra parte, Sonia le daba espanto. Esta joven era para él el decreto irrevocable, la sentencia sin apelación. En aquel momento no se sentía con fuerzas para afrontar la vista de la muchacha. No, era mejor hacer una tentativa acerca de Svidrigailoff. Se confesaba interiormente que desde hacía largo tiempo Arcadio Ivanovitch le era en cierto modo necesario.

No obstante, ¿qué podía haber de común entre ellos? Su criminalidad misma no era motivo para aproximarlos. Aquel hombre le desagradaba mucho, pues evidentemente era muy disipado y quizá muy malo. Acerca de él corrían siniestras leyendas. Cierto que protegía a los huérfanos de Catalina Ivanovna; pero, ¿sabía por qué obraba de este modo? Tratándose de semejante hombre, había de temer siempre algún tenebroso designio.

Desde muchos días antes no cesaba de inquietarle otro pensamiento, aunque el joven, por lo penoso que le era, se esforzase en desecharlo.

«Svidrigailoff anda siempre dando vueltas en derredor mío—se decía—; ha descubierto mi secreto, tuvo intenciones acerca de mi hermana... quizá las tiene todavía. ¿Tratará ahora que posee mi secreto de emplearlo como arma contra Dunia?»

Este pensamiento, que solía preocuparle hasta en sueños, no se había presentado jamás a su imaginación con tanta claridad como en aquel momento en que se dirigía al domicilio de Svidrigailoff. Se le ocurrió la idea de decírselo todo a su hermana, lo que cambiaría extraordinariamente la situación. Pensó después que haría bien en denunciarse, para prevenir un paso imprudente por parte de Dunia. ¿Y la carta? Aquella mañana Dunia había recibido una. ¿Quién, en San Petersburgo, podía escribirle? ¿Acaso Ludjin? En verdad, Razumikin era buen guardián, pero no sabía nada. «¿No debería yo contárselo todo a Razumikin?—se preguntó Raskolnikoff con alivio de corazón—. En todo caso, es preciso ver cuanto antes a Svidrigailoff. Gracias a Dios, los pormenores importan aquí menos que el fondo de la cuestión; pero si Svidrigailoff tiene la audacia de intentar alguna cosa contra mi hermana, le mataré.»

Tenía el alma oprimida por un penoso presentimiento. Se detuvo en medio de la calle y miró en derredor suyo. ¿Qué camino había tomado? ¿En dónde estaba? Se encontraba en la perspectiva***, a treinta o cuarenta pasos del Mercado del Heno, que acababa de atravesar. El piso segundo de la casa a la izquierda estaba ocupado totalmente por un café; todas las ventanas se hallaban abiertas. A juzgar por las cabezas que allí se veían, el café debía estar lleno de gente. En la sala se cantaba, se tocaba el violín, el clarinete y el tambor turco; se oían también gritos de mujeres. Sorprendido de verse en aquel sitio, el joven iba a volver sobre sus pasos, cuando, de pronto, en una de las ventanas vió a Svidrigailoff con la pipa en la boca, sentado delante de una mesa de tomar te. Aquella vista le causó asombro mezclado de terror. Svidrigailoff le contemplaba en silencio y, cosa que asombró aún más a Raskolnikoff, hizo un movimiento como si tratase de impedir que le viesen. Por su parte Raskolnikoff fingió no verle, y se puso a mirar hacia otro lado; pero continuaba siguiéndole con el rabillo del ojo. La inquietud le hacía latir el corazón. Evidentemente Svidrigailoff no quería ser visto. Se quitó la pipa de la boca y quiso retirarse; pero al levantarse reconoció, sin duda, que era demasiado tarde. Repitióse sobre poco más o menos la misma escena que al principio de la entrevista en la habitación de Raskolnikoff; cada uno de ellos sabía que era observado por el otro. Una maliciosa sonrisa erró en los labios de Svidrigailoff, el cual prorrumpió, al fin, en una estrepitosa carcajada.