—No pienso en tal cosa—replicó desdeñosamente Raskolnikoff.

—Lo comprendo. Usted se pregunta si ha obrado con arreglo a la moral, como un buen hombre y como un buen ciudadano. Debiera haberse planteado esa cuestión antes, ahora ya es demasiado tarde. ¡Ja, ja! si usted cree haber cometido un crimen, levántese la tapa de los sesos, ¿no es eso lo que tiene el propósito de hacer?

—Por lo visto trata usted de exasperarme con la esperanza de que así le libraré de mi presencia.

—¡Qué original es usted! Pero hemos llegado; tómese el trabajo de subir la escalera. Ahí tiene usted la puerta del cuarto de Sofía Semenovna. ¿Ve usted? No hay nadie. ¿No lo cree usted? Pregúnteselo a los Kapernumoff, ellos tienen la llave. Aquí está precisamente la señora Kapernumoff. ¡Eh! (es un poco sorda). ¿Sofía Semenovna ha salido? ¿A dónde ha ido? ¿Está usted en lo que digo? «No está aquí, y acaso no vendrá hasta muy tarde.» Vamos, ahora venga usted a mi casa. ¿No tenía usted intención de hacerme una visita? Henos aquí en mi cuarto. La señora Reslich está ausente. Esta mujer tiene siempre mil negocios entre manos; pero es una excelente persona, se lo aseguro; quizá le sería útil si fuese usted más razonable. ¿Ve usted? Tomo de mi cómoda un título del 5 por 100 (mire usted cuántos me quedan todavía); voy a convertirlo en metálico. ¿Se ha enterado usted? Nada tengo que hacer aquí; cierro la cómoda, cierro el cuarto y hétenos en la escalera. Si a usted le parece, tomaremos un coche y nos iremos a las Islas. ¿No le gusta a usted un paseíto en carruaje? ¿Lo ve usted? Ordeno al cochero que me conduzca a la punta de Elaguin. ¿Rehusa usted? Se ha cansado usted de acompañarme; vamos, déjese usted tentar. Va a llover; pero, ¿qué importa? Levantaremos la capota.

Svidrigailoff estaba ya en el coche; por muy desconfiado que fuese Raskolnikoff, pensó que no había peligro inminente; así es que sin responder una palabra, volvió la espalda y tomó la dirección del Mercado del Heno. Si hubiese vuelto la cabeza, habría podido ver que Svidrigailoff, después de haber andado cien pasos en coche, se apeaba y pagaba al cochero. Pero el joven caminaba sin mirar hacia atrás. Muy pronto dobló Raskolnikoff la esquina, y, como siempre, cuando se encontraba solo no tardó en caer en profunda abstracción. Llegado al puente se detuvo en la balaustrada y fijó los ojos en el canal. En pie, a poca distancia de él, le observaba Advocia Romanovna. Al llegar al puente pasó cerca de ella, pero sin verla. A la vista de su hermano, Dunia experimentó un sentimiento de sorpresa y aun de inquietud; durante un momento dudó si se acercaría o no. De pronto echó de ver que, por la parte del Mercado del Heno, Svidrigailoff se dirigía rápidamente hacia ella.

Este parecía avanzar con prudencia y misterio. No subió al puente, se quedó en la acera, procurando no ser visto por Raskolnikoff. Hacía un rato que había reparado en Dunia y que le hacía señas. La joven creyó comprender que la llamaba, indicándole que procurase que su hermano no le viera. Dócil a esta invitación muda, Dunia se alejó, sin hacer ruido, de Raskolnikoff, y se juntó con Svidrigailoff.

—Vamos más de prisa—le dijo por lo bajo este último—. Es preciso que Rodión Romanovitch ignore nuestra entrevista. Advierto a usted que ha venido a buscarme, hace poco, a un café que está cerca de aquí, y que me ha costado trabajo separarme de él. Sabe que he escrito a usted una carta y sospecha algo. Indudablemente no es usted quien le ha hablado de esto; pero si no es usted, ¿quién ha sido, entonces?

—Ya hemos dado vuelta a la esquina—interrumpió Dunia—. Ahora mi hermano no puede vernos. Advierto a usted que no pasaré de aquí en su compañía. Dígame lo que quiera, que todo puede decirse en medio de la calle.

—En primer lugar, no es en la vía publica donde pueden ni deben hacerse ciertas confidencias. Además, usted debe oír también a Sofía Semenovna, y en tercer lugar, es preciso que yo le muestre ciertas pruebas. En fin, si usted no consiente en venir a mi casa, renuncio a toda explicación y me retiro ahora mismo. No olvide usted tampoco que poseo cierto secreto muy curioso que interesa a su querido hermano.

Dunia se detuvo indecisa y dirigió una mirada penetrante a Svidrigailoff.