Dunia, aterrada, retiró un tanto su silla.
—Una sola palabra de usted y se salva—continuó él todo tembloroso—. Yo, yo le salvaré; tengo dinero y amigos. Le haré partir inmediatamente para el extranjero; le proporcionaré un pasaporte. Buscaré dos: uno para él y otro para mí. Tengo amigos con cuya fidelidad e inteligencia puedo contar... ¿Quiere usted? Tomaré un pasaporte para usted y para su madre... ¿Qué le importa a usted Razumikin?... Mi amor vale tanto como el suyo. La amo a usted con toda mi alma... déjeme besar el borde de su vestido... se lo ruego. El ruido que hace su falda me vuelve loco. Mande usted; ejecutaré todas sus órdenes, cualesquiera que sean; haré lo imposible; las creencias de usted serán las mías. ¡Oh, no me mire usted de ese modo, que me mata!
Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho que tenía un ataque de enajenación mental. Dunia dió un salto hacia la puerta y empezó a sacudirla con todas sus fuerzas.
—¡Abrid, abrid!—gritó, creyendo que la oirían fuera—. ¡Abrid! ¿No hay nadie en esta casa?
Svidrigailoff se levantó; había recobrado ya en parte su sangre fría, y una sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos.
—No hay nadie aquí—dijo lentamente—. La patrona ha salido y usted se equivoca al gritar de ese modo; se toma usted un trabajo inútil.
—¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta en seguida, en seguida, infame!
—La he perdido y no puedo encontrarla.
—¿De modo que esto era un lazo?—gritó Dunia pálida como una muerta, y se lanzó a un rincón, en donde se parapetó tras de una mesita.
Después se calló; pero sin apartar los ojos de su enemigo, espiando hasta sus más pequeños movimientos. En pie, frente a ella, en el otro extremo de la habitación, Svidrigailoff no se movía de su sitio. Exteriormente, por lo menos, había logrado dominarse. No obstante, su rostro estaba pálido y continuaba sonriendo a la joven con aire burlón.