—No, yo no se lo he dicho, pero sospecha algo. Te ha oído soñar en voz alta la última noche, y creo que ha adivinado la mitad de ese secreto. He cometido un error al ir a verla; no sé por qué lo he hecho, Dunia. Soy un hombre bajo...

—Sí; pero un hombre dispuesto a aceptar la expiación. La aceptarás, ¿verdad?

—Al instante. Para huir de ese deshonor quería ahogarme, Dunia; pero en el momento en que iba a arrojarme al agua, me he dicho que un hombre fuerte no debe tener miedo al oprobio. ¿Es esto orgullo, Dunia?

—Sí, Rodia.

Le brillaron los ojos a Raskolnikoff con una especie de relámpago. Se consideraba feliz al pensar que había conservado su orgullo.

—¿Verdad que no crees que he tenido simplemente miedo al agua?—preguntó sonriendo con tristeza.

—¡Oh, Rodia, basta!—respondió la joven, ofendida por tal suposición.

Ambos guardaron silencio durante diez minutos. Raskolnikoff tenía los ojos bajos. Dunia le miraba con expresión de sufrimiento. De repente el joven se levantó.

—La hora avanza. Hay tiempo de partir. Voy a entregarme; pero no sé por qué lo hago.

Por las mejillas de Dunia corrieron gruesas lágrimas.