—¡Aun no se ha levantado!—exclamó indignada—. ¿Es posible dormir así?
Raskolnikoff se incorporó con dificultad. Le dolía la cabeza. Se puso en pie, dió una vuelta por la habitación y después se dejó caer de nuevo en el sofá.
—¡Otra vez!—gritó Anastasia—. ¿Estás malo?
El joven no respondió.
—¿Quieres tomar te?
—Más tarde—contestó penosamente, y luego cerró los ojos y se volvió del lado de la pared.
Anastasia, en pie, cerca de él, le contempló durante algún tiempo.
—Indudablemente está enfermo—dijo antes de retirarse.
A las dos volvió con la sopa. Encontró a Raskolnikoff acostado aún en el sofá. No había probado el te. La criada se incomodó y se puso a sacudir con fuerza al joven.
—¿Qué te pasa para dormir tanto?—gruñó, mirándole con desprecio.