—¡Vamos, Alena Ivanovna!; usted me conoce muy bien... Raskolnikoff; tenga usted paciencia. Vengo a empeñar esta alhaja de la que le hablé el otro día—y le alargó el paquete.
Alena Ivanovna iba a examinarlo, cuando de repente cambió de idea, y levantando los ojos dirigió una mirada penetrante, irritada y desconfiada sobre aquel importuno que se le metía en casa con tan poca ceremonia. Raskolnikoff hasta creyó advertir cierta especie de burla en los ojos de la vieja, como si ésta lo hubiese adivinado todo. Se daba cuenta el joven de que perdía la serenidad, de que tenía casi miedo, de que si aquella muda investigación se prolongaba medio minuto, iba, sin duda, a echar a correr.
—¿Por qué me mira usted de ese modo, como si no me conociese?—dijo irritándose a su vez—. Si usted quiere eso, lo toma, si no, lo deja; iré a otra parte con ello; es inútil que me haga usted perder el tiempo.
Se le escaparon estas palabras sin que las hubiera premeditado.
El lenguaje resuelto del visitante tranquilizó a la usurera.
—¿Qué prisa hay, batuchka? ¿Qué es eso?—preguntó mirando el paquete.
—Una cigarrera de plata; ya se lo dije a usted la otra tarde.
La vieja extendió la mano.
—¡Qué pálido está usted! ¿Está usted malo, batuchka?
—Tengo fiebre—respondió con voz brusca—. ¿Cómo no he de estar pálido?... Cuando uno no tiene que comer...—acabó de decir, no sin esfuerzo—, le abandonan las fuerzas de nuevo.