—Le pagaré aún el interés del otro mes; tenga un poco de paciencia.
—Conste, amiguito, que puedo esperar, si quiero, o vender el objeto empeñado, si se me antoja...
—¿Qué me da por este reloj, Alena Ivanovna?
—Lo que trae aquí es una miseria; esto no vale nada. La otra vez le di a usted dos billetes pequeños por un anillo que se puede comprar nuevo en la joyería por rublo y medio.
—Déme usted cuatro rublos y lo desempeñaré. Perteneció a mi padre. Pronto recibiré dinero.
—Rublo y medio, y he de cobrar el interés por adelantado.
—¡Rublo y medio!—exclamó el joven.
—Acepta usted, ¿sí o no?
Y dicho esto, la mujer alargó el reloj al visitante. Este lo tomó e iba a retirarse, irritado, cuando reflexionó que la prestamista era su último recurso; además, había ido allí para otra cosa.
—¡Venga el dinero!—dijo con tono brutal.