—¿Qué?
—Hay que llamar al dvornik para que las despierte.
—¡Buena idea!
Los dos empezaron a bajar.
—Espere usted, quédese aquí; iré yo a buscar al dvornik.
—¿Para qué me he de quedar?
—¡Oh! ¿Quién sabe lo que puede ocurrir?
—Está bien.
—Verá usted; yo me dispongo a ser juez de instrucción. Aquí hay algo que no está claro; esto es evidente, evidentísimo.
Y así diciendo el joven bajó de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera.