El joven mostró la citación enviada por la comisaría.

—¿Es usted estudiante?—preguntó el escribiente después de haber ojeado el papel.

—Sí, antiguo estudiante.

El empleado examinó a su interlocutor sin ninguna curiosidad. Era un hombre de cabellos rizados que parecía dominado por una idea fija.

—De éste nada he de saber, porque todo le es igual—pensó Raskolnikoff.

—Diríjase usted al jefe de la Cancillería—añadió el escribiente señalando con la mano la última dependencia.

Raskolnikoff entró en ella. Aquel despacho, el cuarto, era estrecho y estaba lleno de gente que vestía algo mejor que las otras personas que acababa de ver. Entre ellas había dos señoras. Una, vestida de luto, denotaba pobreza. Sentada delante del jefe de la Cancillería escribía lo que este funcionario le dictaba.

La otra señora tenía formas exuberantes, la cara roja, un tocado elegante y llevaba en el pecho un broche de dimensiones extraordinarias. Permanecía en pie, un poco separada, en actitud expectante.

Raskolnikoff entregó el papel al jefe de la Cancillería, el cual echó sobre él una rápida ojeada y dijo:

—Espere usted un poco—y siguió dictando a la señora de luto.