—Se me ha hecho venir... He sido citado—balbució Raskolnikoff.

—Es el estudiante a quien se le reclama el pago de una deuda—se apresuró a decir el jefe de la Cancillería, dejando por un momento sus papelotes—. Entérese usted—y presentó un cuaderno a Raskolnikoff señalándole una parte de lo escrito—. Lea usted.

—¿Dinero? ¿Qué dinero?—pensó el joven sorprendido y alegre al mismo tiempo—. ¿De modo que no es por aquello por lo que me han hecho venir aquí?

Experimentaba un alivio inmenso, inexpresable...

—¿A qué hora, señor mío, se le ha mandado a usted venir?—le preguntó el ayudante, cuyo mal humor iba en aumento—. Se le cita a usted a las nueve y son más de las once.

—Me han entregado ese papel hace un cuarto de hora—replicó vivamente Raskolnikoff, invadido también de repentina cólera, a la cual se abandonaba con placer—; estoy enfermo, tengo fiebre, y sin embargo, aquí me tienen ustedes.

—¡No grite usted!

—No grito, hablo con naturalidad; usted es quien levanta la voz. Soy estudiante y no permito que se me hable de este modo.

Esta respuesta irritó de tal manera al oficial, que en el primer momento no pudo articular ni una sola frase, dejando en cambio escapar de sus labios sonidos inarticulados. De repente dió un salto en su asiento y dijo:

—¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala de audiencia! ¡no sea usted insolente!