Raskolnikoff tomó su sombrero y se dirigió a la puerta; pero al llegar a ella cayó desvanecido. Cuando recobró el sentido, estaba sentado en una silla. Uno le sostenía por la derecha; otro, por la izquierda, le ofrecía un vaso amarillo, lleno de un licor también amarillo. Nikodim Fomitch, en pie, delante del joven, le miraba atentamente. Raskolnikoff se levantó.

—¿Está usted enfermo?—le preguntó con tono bastante seco el comisario de policía.

—Hace poco, cuando extendió su declaración, apenas podía sostener la pluma—dijo el jefe de la Cancillería volviendo a sentarse delante de su escritorio y poniéndose de nuevo a examinar sus papelotes.

—¿Hace mucho tiempo que está usted malo?—dijo desde su sitio Ilia Petrovitch.

—Desde ayer—balbució el joven.

—¿Ayer salió usted de casa?

—Sí.

—¿A qué hora?

—Entre siete y ocho de la tarde.

—¿Y a dónde fué usted?