—¿Sabes que estás enfermo de verdad?
Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff apartó vivamente la mano.
—Es inútil—dijo—. He venido porque... no tengo lecciones... y quisiera... ¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones?
—¿Sabes una cosa? Que estás disparatando—observó Razumikin mirando atentamente a su amigo.
—No, no disparato—repuso levantándose Raskolnikoff.
Cuando subía a casa de Razumikin no había pensado en que iba a encontrarse frente a frente con su compañero. Una entrevista, con quienquiera que fuese, le repugnaba, y rebosando de hiel, estaba a punto de estallar de cólera contra sí mismo desde que hubo franqueado el umbral de Razumikin.
—¡Adiós!—dijo bruscamente, y se dirigió hacia la puerta.
—¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado que eres raro!
—Es inútil—replicó el otro, retirando la mano que su amigo le había tomado.
—Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has perdido la cabeza? Esto es casi una ofensa y no te dejaré marchar.