—Anastasia, ¿por qué no me contestas?—preguntó tímida y débilmente.
—Es la sangre—murmuró la sirvienta como hablando consigo misma.
—¡La sangre!... ¿Qué sangre?—balbució Raskolnikoff poniéndose más pálido aún de lo que estaba y andando hacia atrás hasta la pared.
Anastasia continuaba observándole sin despegar los labios.
—Nadie ha pegado a la patrona—dijo, al fin, con sequedad.
El joven la miró, respirando apenas.
—Si lo he oído... Si no dormía... Estaba sentado en el diván—repuso con voz más temblorosa aún—. He escuchado durante largo rato... Ha venido el ayudante de policía. Ha salido la gente de todos los cuartos a la escalera...
—Nadie ha venido. Es la sangre la que grita en ti. Cuando no tiene salida se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones... ¿Vas a comer?
El joven no respondió, y Anastasia, sin salir de la habitación, le miraba con ojos furiosos.