Es su estilo suave y armonioso, dotado de elegancia y humildad en admirable ligamento; «las sentencias son agudas, deleitosas y graves; las palabras, propias y bien sonantes; los modos de decir, escogidos y cortesanos; los números, aunque generosos y llenos, son blandos y regalados; el arreo de toda la oración está retocado de lumbres y matices que despiden un resplandor antes nunca visto; los versos son tersos y fáciles, todos ilustrados de claridad y ternura, virtudes muy loadas en los poetas de su género»[19]; el castellano ha conservado fielmente todos sus giros y modismos; después de cuatro siglos de existencia, su lenguaje aún mantiene lozanía y juventud.

Por natural predilección de su temperamento fue más afortunado en la llaneza de las églogas que en el petrarquismo de los sonetos. Admiraban las gentes la bondad de su trato, el agrado de sus palabras y la singular simpatía con que ganaba los corazones; enemigo de vituperio, detúvose de sí mismo sorprendido, si alguna vez a sátira se fue su paso a paso[20]; sentía la paz del campo, la majestad de la naturaleza, el encanto del agua y de los árboles, del cielo y de la luz; envidiaba a Boscán en su vida burguesa y sosegada[21], y en más de una ocasión, deseando, sin duda, apartarse de la milicia y de la Corte, solicitó servicios provincianos; soldado del gran César, no se inspiró su musa, al parecer, ni en los triunfos de las armas ni en el esplendor imperial.

Nótase en el fondo de sus versos cierto amargor de vida malograda, cierta inquietud y descontentamiento de una no realizada aspiración; sentíase corrido y salteado de generosa vergüenza ante la flaqueza de su voluntad ([Canción IV, 53]); lamentaba el errado proceso de sus años ([Soneto VI]), y maldecía las horas y momentos —gastados mal en libres pensamientos— ([Canción IV, 119]). Diez años fue casado, y de ellos más de seis anduvo lejos de su hogar; pródigo de su pluma con amigos y parientes[22], el nombre de su esposa D.ª Elena, en el desconsuelo de su soledad, no tuvo entre sus versos, que se sepa, ni una dedicatoria ni un recuerdo; y en tanto Elisa —D.ª Isabel Freyre—, cuyos cabellos de oro tejieron la red en que el poeta vio enredada y revuelta su razón ([Canción IV, 101]), fue númen inspirador de sus composiciones más sentidas; Elisa, Galatea y acaso Camila, fueron D.ª Isabel, como Salicio y Nemoroso, y acaso Albanio, fueron, en suma, Garcilaso[23]; lícitas eran, ciertamente, en aquellos tiempos del amor perfecto, galanterías que hoy condenan nuestras costumbres, pero ello no fue obstáculo para que el mismo traductor de El Cortesano, el buen Boscán, cantara las delicias de la vida doméstica y las bondades de su propia mujer[24]. Si drama hubo secreto en la conciencia del poeta, y hay medio de poderlo descubrir, no faltará quien pronto nos lo diga; sea, entre tanto, permitida la indiscreción de estos aventurados pormenores, contra la injusticia de los que han culpado a Garcilaso de vano, artificioso y falto de interés en la expresión de sus sentimientos.

Llamáronle sus contemporáneos príncipe de los poetas castellanos; cien ingenios lamentaron su muerte en canciones de duelo; sus imitadores y partidarios fueron denominados garcilasistas por Cervantes; Lope, en muchos pasajes, le tuvo en la memoria; Sebastián de Córdoba, viendo cuán común y manual andaba su libro entre las gentes, pretendió mejorar su doctrina vertiéndolo a lo divino[25]; por el mismo camino, D. Juan de Andosilla Larramendi salió con su Cristo Nuestro Señor en la Cruz, hallado en los versos de Garcilaso, y el sabio Sánchez de las Brozas, el divino Herrera y el culto Tamayo de Vargas pusiéronle con sus comentarios en la consideración de un autor clásico; estas son pruebas fehacientes de la popularidad que en todos tiempos disfrutó Garcilaso.

El texto de la presente edición se ajusta exactamente al que Fernando de Herrera dio en sus Anotaciones; Clásicos Castellanos prefieren reproducir este texto famoso, indiscutiblemente útil para el estudio de las letras, en vez de lanzarse a una edición nueva, semi-erudita, que, sin responder de lleno a las exigencias de la crítica filológica, pudiera resultar indigesta e ineficaz en su misión vulgarizadora.

Herrera usó en su libro aquella escrupulosa ortografía, por él ideada, que apenas tuvo partidarios sino en Sevilla, entre sus familiares[26]; de ella respeta esta edición todo lo que puede tener valor fonético, como en la Égloga I, [dino 34], [vitoria 35], [entristesco 254], [mesquina 368], [inesorable 377], [comovida 383], en la Égloga II, [acidente 131], [eleción 166], [mesclado 252], [noturna 297], [nétar 1298], etc.; pero se ha modernizado aquello que solo afecta a la escritura, como en la Égloga I [apressura 18], [iedra 38], [avezina 83], [immortales 395], y se ha repuesto la vocal, prescindiendo del apóstrofo, en formas como nombre ’n todo ([Égloga I, 8]); [qu’ apressura 18], [qu’ en vano 20], al’ otra ([Elegía II, 20]), etc.

Entre nuestras notas ha sido recogido de los libros del Brocense, Herrera, Tamayo y Azara todo cuanto ha parecido adaptable al carácter de Clásicos Castellanos, omitiendo, por tanto, muchas citas sobre concordancias e imitaciones, que son asunto para tratarlo detenidamente en un trabajo de pura erudición.

Tomás Navarro Tomás.

DATOS BIBLIOGRÁFICOS

Las obras de Garcilaso, a partir de la primera edición, hecha, como se ha dicho, en Barcelona en 1543, se publicaron muchas veces con las de Boscán, ocupando el cuarto libro de Las obras de Boscán y algunas de Garci Lasso de la Vega, repartidas en cuatro libros; pero el gusto del público, demostrando de día en día creciente predilección por las de Garcilaso, movió a los impresores a editarlas separadamente, quedando, desde este punto, casi olvidadas las del amigo que hasta entonces, en su compañía, había participado de su triunfo. En 1570 tuvo ya Garcilaso por sí solo una edición: «Las obras del Excellente Poeta Garci-Lasso de la Vega, en esta postrera imprission corregidas de muchos errores que en todas las passadas auia — Madrid, Alonso Gómez, 1570—; 8.º, 78 hojas foliadas, incluso las preliminares. — Contiene únicamente las poesías sin anotaciones»; véase Pérez Pastor, Bibliografía madrileña, Madrid, 1901, núm. 43.