Legua y media llevaríamos andada, cuando una tromba de aire se desencadenó por el Norte, levantando inmensas nubes de polvo; felizmente, el huracán no nos daba de cara, pues en otro caso nos hubiera sido difícil seguir adelante, por su extremada violencia. Habíamos dejado el camino para utilizar un pequeño atajo practicable para las caballerías, pero que, como otros muchos, no podía recorrerse en carruaje.
Cruzábamos unos arenales cubiertos de maleza y de pedruscos que formaban una espesa capa sobre el suelo. Estas son las piedras de que están formadas las sierras de España y Portugal; singulares montañas que se alzan en horrenda desnudez, como huesos de un esqueleto gigante descarnado. Muchos de aquellos pedruscos emergían del suelo; muchos yacían sueltos en la superficie, removidos acaso de sus lechos por las aguas del diluvio. Mientras nos fatigábamos caminando por tan agrestes lugares, descubrí, un poco hacia mi izquierda, un amontonamiento de piedras de aspecto singular y hacia ellas guié mi mula. Era un altar druida, el más bello y completo de cuantos yo había visto hasta entonces. Era circular; constituíanlo unas piedras sumamente anchas y recias en la base, que se iban adelgazando hacia el remate, trabajado por la mano del artista en forma parecida al festón o borde de una concha. Encima estaba puesta otra piedra lisa muy ancha, inclinada hacia el Sur, donde se abría una puerta. En el interior, capaz para tres o cuatro hombres, crecía un espino pequeño.
Contemplé con veneración y temor respetuoso aquel altar donde los primeros pobladores de Europa ofrecieron su culto al Dios ignoto. Los templos que los romanos, poderosos y diestros, levantaron en una edad comparativamente moderna, yacen hechos polvo no lejos de allí. Las iglesias de los godos arrianos, herederos de su poder, no se encuentran por parte alguna, como si se las hubiera tragado la tierra. ¿Y qué ha sido y dónde están las mezquitas del moro, conquistador de los godos? Sus ruinas mohosas se disipan poco a poco sobre las rocas. No así la piedra druídica: allí se está, batida por los vientos, tan firme y tan acabada de hacer como el día en que, hace acaso treinta siglos, fué erigida por medios hoy desconocidos. Sacudida por los terremotos, la piedra del remate no se ha caído; oleadas de lluvia la han inundado sin conseguir barrerla de su asiento; el candente sol reverbera en su superficie sin agrietarla ni desmenuzarla; y el tiempo, antiquísimo, implacable, ha desgastado contra ella su férreo diente, con tan escaso efecto como pueden observar cuantos la visiten. Allí permanece la piedra; quien desee estudiar la literatura, la ciencia y la historia de los antiguos celtas y cimbrios, puede colegir, contemplando esa piedra y meditando ante ella, todo lo que de tales hombres se sabe. Los romanos dejaron tras de sí sus escritos inmortales, su historia, su poesía; los godos, su liturgia, sus tradiciones y el germen de instituciones muy nobles; los moros, su caballerosidad, sus descubrimientos en medicina y las bases del comercio moderno. ¿Qué memoria queda de las razas druídicas? ¡Hela aquí, en ese rimero de piedra eterna!
Llegamos a Arroyolos a cosa de las siete de la noche. Me instalé en un espacioso aposento de dos camas, y cuando me disponía a sentarme para cenar, vino la huéspeda a preguntarme si no tendría inconveniente en que un joven español pasase la noche en mi cuarto. Díjome que el joven acababa de llegar con unos arrieros, y no había en la casa otro sitio donde aposentarlo. Accedí, y a la media hora apareció el español, después de cenar con sus compañeros. Era un mancebo de diez y siete años, que por su buena presencia denotaba ser persona de distinción. Me saludó en su lengua natal, y al ver que le entendía, comenzó a hablar con volubilidad asombrosa. En cinco minutos me refirió que, movido del deseo de ver mundo, se había desgarrado de su familia, gente opulenta de Madrid, con ánimo de no volver hasta haber recorrido varios países. Le contesté que si decía verdad había cometido una acción mala e insensata: mala, por el dolor con que amargaba a las personas a quienes debía honrar y amar, e insensata, pues se exponía a inconcebibles miserias y trabajos que muy pronto le harían maldecir la resolución tomada; hícele ver que en país extranjero le recibirían bien mientras tuviera dineros para gastar, y en cuanto se le acabasen, le tratarían como a un vagabundo, y acaso le dejarían morirse de hambre. Repuso que, como llevaba consigo una cantidad considerable, cien duros nada menos, tenía dinero para mucho tiempo, y cuando se le acabara, podría quizás ganar más. «Con esos cien duros—le dije—apenas podrá usted vivir tres meses en este país, si no le roban a usted antes; y creer que va usted a ganar dinero honradamente es tan razonable como si pensara usted ir a buscarlo en la cima de las montañas.» El muchacho no tenía aún bastante experiencia para seguir mis consejos. A poco, cambiamos de conversación. A las cinco de la mañana siguiente se me acercó a la cama para despedirse porque los arrieros hacían ya preparativos de marcha. Díjele la fórmula usual en España: «Vaya usted con Dios», y no le volví a ver más.
A las nueve, después de pagar un precio exorbitante por muy escasas comodidades, salí de Arroyolos, ciudad o lugar grande, situado en una elevación del terreno y visible desde muy lejos. Puede envanecerse de las ruinas de un vasto castillo antiguo, obra de moros, al parecer, colocado en una colina, a la izquierda del camino, según se va a Estremoz.
A una milla de Arroyolos di alcance a una fila de carros con bastimentos y municiones para España, escoltados por un destacamento de soldados portugueses. Seis o siete soldados iban de avanzada, muy separados del convoy: eran unos tunantes de malísima catadura, en cuyos rostros lívidos, horrendos, estaban escritos el homicidio y todos los demás crímenes prohibidos por la ley de Dios. Al pasar a su lado, uno de ellos comenzó a maldecir a los extranjeros, y con voz áspera y gruñona, dijo: «Ahí va ese francés a caballo (iba en mula) con un hombre (el idiota) para cuidarle todo por ser rico, mientras un pobre soldado como yo, tiene que andar a pie. De buena gana le mataría de un tiro. ¿En qué vale más él que yo? Pero es extranjero; el diablo protege a los extranjeros, y odia a los portugueses.» Continuó el soldado vomitando injurias, y ya le había sacado yo lo menos cuarenta varas de delantera, cuando me eché a reír, sin pensar que lo más prudente era permanecer tranquilo; un momento después, en efecto, ¡paf!, ¡paf!, dos balas bien dirigidas me silbaron en los oídos. Hallábame justamente al borde de un pequeño arroyo, sobre el que había un puente a muy considerable distancia por mi izquierda; metí espuelas a la mula, lanzándola a través del cauce, seguido muy de cerca por el aterrorizado guía, y una vez en la otra orilla galopé por la planicie arenosa hasta ponerme en salvo.
Aquellos individuos, con aspecto de bandidos, por sus acciones mejoraban su facha. Encontrárselos en un lugar solitario, no será nunca para el viajero motivo de alabar su buena fortuna. Los carreteros eran españoles, de las cercanías de Badajoz, enviados a Portugal para transportar los bastimentos. Uno de ellos, a quien volví a encontrar en Badajoz, me contó que toda la escolta era de la misma calaña; a él y a sus compañeros los habían robado muchas cosas, amenazándolos de muerte si los denunciaban. Espanta imaginar lo que sería un ejército compuesto de tales seres, enviado a un país extranjero para conquistarlo o defenderlo; no obstante, cuando escribo estas páginas, España aguarda el socorro armado de Portugal. Quiera Dios misericordioso que las tropas enviadas en su apoyo sean de diferente cuño: aun así, temo, vista la relajación de la disciplina en el ejército portugués, comparado con el inglés o el francés, que a los habitantes pacíficos de las provincias asoladas por la guerra les parezca que los lobos se han juntado para cazar a perros y echarlos del redil. No quisiera morirme sin ver el día en que no se tolere la soldadesca en ningún país civilizado, o, cuando menos, cristiano.
Prosiguiendo mi camino hacia Estremoz, pasé junto a Monte Moro Novo, colina alta y polvorienta, coronada por un edificio antiguo, morisco probablemente. El país era desolado y desierto, por más que de vez en cuando se descubría algún valle poblado de alcornoques y azinheiras. Después del mediodía, el viento, muy encalmado durante la noche y la mañana anteriores, volvió a soplar con tal fuerza que casi me aturdía, aunque nos daba de espaldas.
A las cuatro de la tarde, al remontar una cuesta, descubrí con profunda alegría la ciudad de Estremoz, asentada en una colina, a menos de una legua de distancia. Desde donde yo estaba, se dominaba un panorama de singular belleza. El sol se ponía entre rojas y tormentosas nubes, y sus rayos reverberaban en los pardos muros de la encumbrada ciudad adonde íbamos. Hacia el Suroeste, no muy lejos, alzábase Serra Dorso, la montaña más hermosa del Alemtejo, ya vista por mí desde Evora.
El idiota de mi guía volvió su rostro imbécil hacia la sierra, y sintiéndose súbitamente inspirado, abrió la boca por vez primera durante el día, casi podría decir desde que salimos de Aldea Gallega, y comenzó a explicarme las extrañas cazas que podían hacerse en aquellos montes. También me describió con gran minuciosidad un perro maravilloso que había por allí, adiestrado en la caza de lobos y jabalíes, y cuyo dueño se había negado a venderlo en veinte moidores.