Aunque The Bible in Spain no fuese, en términos absolutos, el mejor libro de Borrow, sería en todo caso, con enorme diferencia respecto de sus otros escritos, el que más títulos tendría a la atención de nuestro público. El mérito intrínseco del libro, y la singular reputación de España, le hicieron popular en Inglaterra y Norteamérica y conocido en varias naciones de Europa, motivos también valederos para su divulgación en nuestro país, con más el de ser los españoles, no lectores distantes, sino parte interesada, actores en las escenas y su tierra marco de aquella narración. No es muy honroso para nuestra curiosidad que hayan transcurrido cerca de ochenta años desde que vió la luz, sin ponerlo hasta hoy, traducido, al alcance de todos. El libro fué compuesto, en su mayor parte, en los lugares mismos que describe. Borrow redactaba un diario de viaje, y remitía, además, a la Sociedad Bíblica cartas de relación de sus aventuras y trabajos. La Sociedad prestó a Borrow esas cartas luego de cerciorarse de que, al aprovecharlas, no cometería ninguna indiscreción. «¡No he revelado los secretos de la Sociedad!», decía después Borrow; en efecto, no mienta su desacuerdo con los directores, y tributa a Graydon, el «ángel malo» de la causa bíblica, ardientes elogios. Las cartas de Borrow a la Sociedad Bíblica[20] son tan extensas como la mitad de The Bible in Spain; pero sólo aprovechó la tercera parte de ellas en la composición del libro; lo demás salió de sus diarios, fundiéndose todo al calor de su espíritu cuando recordaba y revivía a distancia las impresiones indelebles recibidas. Tres son los temas de la obra: la difusión del Evangelio, Don Jorge el inglés y España. Los tres se enlazan en un conjunto armónico; la propaganda evangélica es el propósito deliberado de que remotamente trae origen el libro, y constituye su armazón interior; todas las idas y venidas de Don Jorge, todos sus pensamientos, van encauzados a la divulgación de la palabra divina; los hombres y las tierras de España, materia de su explicencia, constituyen, no sólo una decoración de fondo, asombrosa por el relieve y color, sino el ambiente en que se mueve y respira un personaje extraordinario, algo distinto de Borrow, pero que es Borrow mismo despojado de toda vulgaridad y flaqueza, elevado a la categoría de un semidiós. De esos temas, el evangélico es el que nos importa menos. España, país de misiones, España, país de idólatras, era un punto de vista nuevo, dentro de nuestro solar, en 1835, e irritante para quienes, dueños de la religión verdadera, habíanla exportado durante siglos. No será hoy menos irritante para buen número de personas el antipapismo de Borrow; pero es improbable que los españoles descontentos, los no conformistas, rompan a gritar: ¡Al campo, al campo, Don Jorge, a propagar el Evangelio de Inglaterra! En el fondo, la preocupación de Borrow es de la misma índole que la de los «idólatras», sus enemigos. La regeneración de España por la lectura del Evangelio sería un programa que acaso hiciera hoy sonreír. El mayor número seguiría la opinión de Mendizábal, que a la insistencia con que Borrow solicitaba el permiso para imprimir el Testamento, salvación única de España, respondía: «¡Si me trajese usted cañones, si me trajese usted pólvora, si me trajese usted dinero para acabar con los carlistas!» Pero Don Juan y Medio, y los liberales que hicieron la desamortización eclesiástica, no se atrevían a permitir que circulase el Evangelio sin notas. Aunque movido por un fanatismo antipático, en favor de Borrow hablan su osadía personal, la consideración de que luchaba contra un poder omnímodo, irresponsable, y la de que, formalmente, pugnaba por un mínimo de hospitalidad y de libertad, sin las que los hombres en sociedad son como fieras; y eso está siempre bien, hágase como se haga. El libro de Borrow es un precioso documento para la historia de la tolerancia, no en las leyes, sino en el espíritu de los españoles.

The Bible in Spain es un libro autobiográfico. «El principal estudio de Borrow fué él mismo, y en todos sus mejores libros, él es el asunto principal y el objeto principal»[21]. No emplea en esta obra las confidencias, no se confiesa con el lector; su procedimiento consiste en dejar hablar a los que le tratan, para pintar el efecto que su persona y sus hechos causan en el ánimo del prójimo; asomándonos a ese espejo, vemos la imagen de un Don Jorge muy aventajado: subyugaba y domaba a los animales fieros; los gitanos le adoraban; era la admiración de los manolos; temíanle los pícaros; confundía al posadero ruin y a los alcaldillos despóticos; encendía en sus servidores devoción sin límites; era afable y llano con los humildes; trataba a los potentados de igual a igual y hacía bajar los ojos al soberbio; nunca se apartaba de la razón, ni perdía la serenidad; un prestigio misterioso le envuelve; en suma: el héroe y el justo se funden en su persona; es un apóstol que propaga la palabra de Dios, pero sin el delirio de la Cruz, sin romper el decoro; es un caballero andante que se compadece de la miseria, y a cada momento cree uno verle emprender la ruta de Don Quijote, pero sin burlas, sin yangüeses, en una España que creyese en él y le tomase en serio. Apóstol y caballero están bajo el amparo del pabellón británico.

Borrow se colocó, o colocó a su héroe, en un escenario sin segundo, de tal fuerza que, para nuestro gusto, el aventurero se borra, se disuelve en el paisaje, o queda a la zaga de la muchedumbre española que suscita. Es difícil encontrar otro caso en que un escritor haya triunfado con más brillantez de la hostil realidad presente. Borrow lucha a brazo partido con la realidad española, la asedia, poco a poco la domina, y con la lentitud peculiar de su procedimiento acaba por poner en pie una España rebosante de vida. No se atuvo a una realidad de «guía oficial». Lo que le importaba era el carácter de los hombres, y no de todos, sino los de la clase popular, donde los rasgos nacionales se conservan más puros. Labradores, arrieros, posaderos, gitanos, curas de aldea, monterillas, mendigos, pastores, pasan ante nosotros, y al verlos gesticular y oírlos hablar, creemos encontrarnos con antiguos conocidos. Unos son pícaros, otros santos; unos son listos, otros muy zotes; casi todos groseros, muchos con sentimientos nobles, pero unidos en general por un aire de familia inconfundible; y la verdad es que, con todas sus picardías o su zafiedad, no puede uno dejar de quererlos. Tuvo además Borrow una espléndida visión del campo, y lo sintió e interpretó de un modo enteramente moderno. Así, don Jorge descubrió y pintó, en realidad, lo que quedaba de España. Arrancados los árboles, agostado el césped, arrastrada en mucha parte la tierra vegetal, asomaba la armazón de roca, con toda su fealdad y su inconmovible firmeza.

El lector apreciará seguramente en La Biblia en España, a pesar de la traducción descolorida, el novelesco interés de algunos pasajes que parecen arrancados de un libro picaresco, el movimiento de ciertos cuadros, propios de un «episodio nacional», el sabor de otras escenas de costumbres, los bosquejos de tipos y caracteres, con tantos otros méritos que es innecesario señalar; pero lo mismo ante ellos, que ante los defectos del libro, y frente a la repulsión que ciertos juicios—expresos o sobrentendidos—del autor puedan suscitar en el ánimo de un español, conviene estar prevenido para no incurrir en las descarriadas apreciaciones que acerca de este libro se han proferido en nuestro país. La Biblia en España es un libro de viajes, cierto; pero hay que entenderse acerca de su calidad. No es un informe a la Sociedad bíblica respecto de los progresos del Evangelio en España, ni un «cuadro del estado político, social, etcétera», de la nación, ni un itinerario para recién casados, ni una reseña de las catedrales y otros monumentos pergeñada para uso de los snobs de ambos mundos; La Biblia en España es una obra de arte, una creación, y con arreglo a eso hay que juzgar de su exactitud, del parecido del retrato y de las «invenciones» del autor. Los paisajes, los lugares, las figuras, están notados con puntualidad; es excelente en la inteligencia de las costumbres, y no hay en el libro caricatura ni falsificación de sentimientos. Episodios compuestos, no vistos por Borrow; personajes inventados aglutinando rasgos dispersos, sin duda los ha de haber; pero eso, ¿es ilícito? Pudiera compararse la creación de Borrow a una estatua de mayor tamaño que el natural. La verdad artística del conjunto y su efecto conmovedor son innegables. El libro no es sólo verdadero; es, en ciertos puntos, revelador.

La traducción que hoy ofrecemos al público está hecha siguiendo el texto de la edición de U. R. Burke (1896); hemos aprovechado parte del glosario que la acompaña, poniendo al pie de la página correspondiente las equivalencias del caló y del castellano; las notas de Burke no las reproducimos todas, porque algunas son innecesarias para el lector español, y otras contienen errores de bulto. De la biografía de Borrow, por Míster Knapp, hemos sacado algunas notas que aclaran el texto, o placen, simplemente, a la curiosidad del lector.

M. A.


ÍNDICES

Páginas.
[Nota preliminar][v]
[Índices][27]
[Mapa][34]
[Prólogo][35]
Capítulo primero.— ¡Hombre al agua!— El Tajo.— Las lenguas extranjeras.— La gesticulación.— Calles de Lisboa.— El acueducto.— La Biblia tolerada en Portugal.— Cintra.— Don Sebastián.— Juan de Castro.— Conversación con un cura.— Colhares.— Mafra.— El palacio.— El maestro de escuela.— Los portugueses.— Su ignorancia de las Escrituras.— Los curas rurales.— El Alemtejo. [49]
Cap. ii.— Boteros del Tajo.— Peligros de la corriente.— Aldea Gallega.— La hostería.— Ladrones.— Sabocha.— Aventura de un arriero.— Estalagem de ladrões.— Don Gerónimo.— Vendas Novas.— Un Sitio Real.— Los cerdos del Alemtejo.— Monte Moro.— Un cabrero singular.— Los hijos de los campos.— Infieles y saduceos. [68]
Cap. iii.— Un comerciante de Evora.— Contrabandistas españoles.— El león y el unicornio.— La fuente.— Confianza en el Todopoderoso.— Reparto de folletos.— La librería en Evora.— Un manuscrito.— La Biblia como guía.— La infame María.— El hombre de Palmella.— El conjuro.— El régimen frailuno.— Domingo.— Volney.— Un auto de fe.— Hombres de España.— Lectura de un folleto.— Nuevos viajeros.— La mata de romero. [87]
Cap. iv.— Dilaciones molestas.— El cochero borracho.— Una mula muerta.— Lamentación.— Aventura en un descampado.— El miedo a la oscuridad.— Un fidalgo portugués.— La escolta.— Regreso a Lisboa. [105]
Cap. v.— El colegio.— El rector.— La piedra de toque.— Prejuicios nacionales.— Deportes juveniles.— Los judíos de Lisboa.— Creencias corrompidas.— Crimen y superstición. [119]
Cap. vi.— El frío en Portugal.— Me libro de una extorsión.— Sensación de soledad.— El perro.— El convento.— Un paisaje encantador.— El castillo morisco.— Plegaria por un enfermo. [134]
Cap. vii.— La piedra druídica.— Un joven español.— Soldados rufianes.— Los males de la guerra.— Estremoz.— La disputa.— La atalaya en ruinas.— Vislumbre de España.— Ayer y hoy. [147]
Cap. viii.— Elvas.— Longevidad extraordinaria.— La nación inglesa.— Ingratitud portuguesa.— Las fortificaciones.— Un mendigo español.— Badajoz.— La aduana. [161]
Cap. ix.— Badajoz.— Antonio el gitano.— Una proposición de Antonio.— Es aceptada.— El desayuno gitano.— Salida de Badajoz.— El borrico del gitano.— Mérida.— La muralla en ruinas.— La comadre.— El país del moro.— Los hombres negros.— La vida en el desierto.— La cena. [173]
Cap. x.— La nieta de la gitana.— Proyecto matrimonial.— El alguacil.— El ataque.— Trote largo.— Llegada a Trujillo.— Noche de lluvia.— La selva.— El vivac.— ¡Levántate y anda!— Jaraicejo.— El Nacional.— El caballero Balmerson.— Entre jarales.— Una conversación seria.— ¿Qué es la verdad?— Noticia inesperada. [196]
Cap. xi.— El puerto de Mirabete.— Lobos y pastores.— La sutileza de las hembras.— Muerto por los lobos.— Se aclara el misterio.— Las montañas.— La hora tenebrosa.— Un viajero nocturno.— Abarbanel.— Los tesoros ocultos.— El poder del oro.— El arzobispo.— Llegada a Madrid. [224]
Cap. xii.— Mi alojamiento en Madrid.— La patrona.— El embajador británico.— Mendizábal.— Baltasar.— Deberes de un Nacional.— Sangre moza.— La ejecución.— La población de Madrid.— Las clases altas.— Las clases bajas.— Las corridas de toros.— El gitano. [244]
Cap. xiii.— Intrigas de la Corte.— Quesada y Galiano.— Disolución de las Cortes.— El secretario.— Testarudez aragonesa.— El Concilio de Trento.— El asturiano.— Los tres bandidos.— Benedicto Mol.— El hombre de Lucerna.— El Tesoro. [263]
Cap. xiv.— Estado de España.— Istúriz.— Revolución de La Granja.— La revuelta.— Síntomas alarmantes.— Los corresponsales de periódicos.— Arrojo de Quesada.— La escena final.— Fuga de los moderados.— El café. [281]
Cap. xv.— El vapor.— El cabo de Finisterre.— La tormenta.— Llegada a Cádiz.— El Nuevo Testamento.— Sevilla.— Itálica.— El anfiteatro.— Los presos.— El encuentro.— El barón Taylor.— La calle y el desierto. [297]
Cap. xvi.— Salida para Córdoba.— Carmona.— Las colonias alemanas.— El idioma.— Un caballo haragán.— El recibimiento nocturno.— El posadero carlista.— Buen consejo.— Gómez.— El genovés viejo.— Las dos opiniones. [315]
Cap. xvii.— Córdoba.—Los moros de Berbería.— Los ingleses.— Un cura viejo.— El breviario romano.— El palomar.— El Santo Oficio.— Judaísmo.— Los palomares profanados.— Propuesta del posadero. [331]
Cap. xviii.— Salida de Córdoba.— El contrabandista.— Treta judaica.— Llegada a Madrid. [347]