Yo.—Vive usted en una casa hermosa, padre. Lo menos caben aquí doscientos estudiantes.
El rector.—Más aún, hijo mío; se hizo para albergar más centenares que simples individuos vivimos en ella ahora.
Yo.—Veo aquí algunos trabajos de defensa improvisados; los muros están llenos de aspilleras por todas partes.
El rector.—Hace unos días vinieron los nacionales de Valladolid y causaron bastante daño sin utilidad alguna; estuvieron un poco groseros y me amenazaron con los clubs. ¡Pobres hombres, pobres hombres!
Yo.—Supongo que también las misiones, a pesar de sus elevados fines, se resentirán de los trastornos actuales de España.
El rector.—Demasiado cierto es eso; ahora el Gobierno no nos favorece nada; sólo contamos con nuestras propias fuerzas y con la ayuda de Dios.
Yo.—¿Cuántos misioneros novicios hay en el colegio?
El rector.—Ninguno, hijo mío; ninguno. El rebaño se ha dispersado; el pastor se ha quedado solo.
Yo.—Vuestra reverencia habrá, sin duda alguna, tomado parte activa en las misiones.
El rector.—Cuarenta años he estado en Filipinas, hijo mío; cuarenta años entre los indios. ¡Ay de mí! ¡Cuánto quiero yo a los indios de Filipinas!