La mujer.—¿Tan divertido como Toro? ¡Vaya, vaya! ¿Ha estado usted alguna vez en la cárcel de Toro, señor caballero?

Yo.—Nunca he tenido ese honor; generalmente, la cárcel es el último sitio que se me ocurre visitar.

La mujer.—Vea usted lo que es la diferencia de gustos: yo he ido a ver la cárcel de Valladolid, y me parece tan aburrida como la ciudad.

Yo.—Es claro; si en alguna parte hay tristeza y fastidio, ha de ser en la cárcel.

La mujer.—Pero no en la de Toro.

Yo.—¿Qué tiene la cárcel de Toro para distinguirse de las demás?

La mujer.—¿Qué tiene? ¡Vaya! ¿Pues no soy yo la carcelera? ¿Y no es mi marido el alcaide? Y mi hijo, ¿no es hijo de la cárcel?

Yo.—Dispense usted: no conocía esas circunstancias. La diferencia, en efecto, es grande.

La mujer.—Ya lo creo. Yo también soy hija de la cárcel; mi padre era alcaide y mi hijo podría aspirar a serlo, si no fuese tonto.

Yo.—¿Tonto? Pues en la cara lo disimula bastante. No sería yo quien comprara a este muchacho si lo vendieran por tonto.