Tratándose del Nuevo Testamento, no podía seguirse el sistema que habitualmente se emplea en España para publicar los libros, que consiste en confiar la obra a los libreros de la capital y contentarse con la venta que éstos y sus agentes en las ciudades de provincias obtienen sin salirse de la común rutina de su negocio; en general, el resultado de este sistema es que al cabo de año se venden unas pocas docenas de ejemplares, porque la demanda de obras literarias de cualquier género es en España miserablemente reducida.
Los cristianos de Inglaterra habían hecho ya sacrificios considerables con la esperanza de esparcir ampliamente la palabra de Dios entre los españoles, y era necesario ahora no escatimar los esfuerzos para que esa esperanza no quedase frustrada. Antes de que el libro estuviese listo comencé los preparativos para realizar un plan en el que ya había pensado varias veces durante mi anterior visita a España, sin abandonarlo después nunca; plan que fué objeto de mis meditaciones lo mismo a la altura del cabo Finisterre en plena borrasca, que en los desfiladeros de Sierra Morena y en las llanuras de la Mancha, cuando caminaba lentamente seguido a corta distancia por el contrabandista.
Mi propósito era depositar unos cuantos ejemplares en las librerías de Madrid, y luego montar a caballo, con el Testamento en la mano, y emprender la propagación de la palabra de Dios entre los españoles, no sólo en las ciudades, sino en las aldeas; no sólo entre los habitantes de las llanuras, sino entre los montañeses y serranos. Me proponía recorrer Castilla la Vieja y atravesar toda Galicia y Asturias; establecer depósitos de la Escritura en las ciudades importantes, y visitar los lugares más apartados y recónditos; en todos ellos hablar de Cristo, explicar la naturaleza de su libro y poner el libro mismo en manos de aquellos que me pareciesen capaces de sacar de él algún provecho.
Bien sabía yo que en ese viaje me aguardaban muchos peligros, y que quizás iba a correr la misma suerte que San Esteban; pero ¿merece el nombre de discípulo de Cristo quien no afronta cualquier peligro por la causa de Aquel a quien proclama por maestro? «Quien por mi causa pierda su vida, la encontrará»; son palabras que el mismo Señor pronunció; palabras llenas de consuelo para mí, como lo estarán, sin duda, para cuantos emprenden con limpieza de corazón la difusión del Evangelio en tierras salvajes y bárbaras...[5].
Empecé por comprar otro caballo, aprovechando el precio extraordinariamente bajo de esos animales en aquellos días. Estaba a punto de publicarse una disposición requisando cinco mil caballos; el resultado fué que un inmenso número de ellos salió a la venta, porque en virtud de la requisa podían embargarse, por conveniencia del servicio, los de cualquier persona, no siendo un extranjero. Lo más probable era que, una vez reunido el cupo de la requisa, el precio de los caballos se triplicara; por tal razón me decidí a comprar uno antes de hacerme verdadera falta. Compré un caballo entero andaluz, de pelo negro, de mucha fuerza, capaz de hacer un viaje de cien leguas en una semana; pero era cerril, salvaje y de malísimo genio. No obstante, el cargamento de Biblias que al llegar la ocasión pensaba yo echarle encima de las costillas, me pareció muy suficiente para amansarlo, sobre todo cuando tuviera que remontar las ásperas montañas del Norte de la Península. Hubiera deseado comprar una mula; pero aunque llegué a ofrecer treinta libras por una bastante ruin, no quisieron dármela; mientras que el precio de ambos caballos—magníficos animales por su talla y su fuerza—apenas llegaba a esa suma.
El estado de las regiones circunvecinas no convidaba a viajar por ellas. Cabrera estaba a nueve leguas de Madrid con un ejército de cerca de nueve mil hombres; había derrotado a varios pequeños destacamentos de tropas de la reina y devastado la Mancha a sangre y fuego, quemando varias ciudades. A todas horas llegaban bandadas de fugitivos aterrorizados, que referían nuevos desastres y miserias; lo único que me sorprendía era que el enemigo no se presentase, y con la toma de Madrid, que estaba casi a merced suya, no pusiese fin a la guerra de una vez. Pero la verdad es que los generales carlistas no deseaban terminar la guerra, porque mientras en el país continuasen la efusión de sangre y la anarquía, podían ellos saquear y ejercer esa desenfrenada autoridad tan grata a los hombres de brutales e indómitas pasiones. Cabrera, sobre todo, era un malvado cobarde, en cuyo limitado entendimiento no podía albergarse una sola idea de mediana grandeza, cuyos hechos heroicos se limitaban a degollar hombres indefensos y a violar y destripar infelices mujeres; sin embargo, he visto que a un individuo tan vil, ciertos periódicos franceses (carlistas, naturalmente) le llaman el joven y heroico general. ¡Infame sea el miserable asesino! El último cabo de escuadra de Napoleón se hubiera reído de su talento militar, y medio batallón de granaderos austriacos hubiera bastado para tirarle de cabeza, con toda su patulea guerrera, al Ebro.
Hice, pues, los preparativos de mi viaje al Norte. Estaba ya provisto de caballos muy a propósito para soportar las fatigas del camino y la carga que me pareciese necesario echarles. Pero una cosa, indispensable para quien va a emprender una expedición de esa índole, me faltaba aún: quiero decir un criado que me acompañase. Quizás en ninguna parte del mundo abundan los criados tanto como en Madrid; al menos, los individuos dispuestos a ofrecer sus servicios a cambio de la soldada y la comida, aunque de los servicios efectivos que sean capaces de prestar se pueda decir muy poco; pero mi criado tenía que ser de condición poco común, inteligente, activo, capaz, en casos de apuro, de darme un consejo útil; además, valiente, porque se requería, en verdad, cierto valor para seguir a un amo resuelto a explorar la mayor parte de España, y que intentaba viajar sin protección de arrieros y carreteros, en cabalgaduras propias. Acaso hubiera estado años enteros buscando un criado de esa índole sin encontrarlo; pero la suerte me deparó uno cuando cabalmente lo necesitaba, sin tener que molestarme en hacer pesquisas laboriosas. Un día hablaba yo de este asunto con el señor Borrego, en cuyo establecimiento se había impreso el Nuevo Testamento, y le pregunté si, en su opinión, podría yo encontrar en Madrid un hombre tal como me hacía falta, añadiendo que para mí era de especial importancia que el criado supiese, además del español, algún otro idioma en el que pudiésemos hablar cuando fuese necesario, sin que nos entendieran los curiosos.
—Hace media hora—me respondió—ha estado hablando conmigo un hombre que reúne exactamente todas esas cualidades, y, cosa singular, ha venido a verme creyendo que yo podría recomendarle a un amo. Dos veces le he tenido a mi servicio; respondo de que es listo y valiente; creo que también es digno de confianza, al menos para un amo que transija con su genio, porque ha de saber usted que es un individuo singularísimo, muy arbitrario en sus inclinaciones y antipatías; gusta de satisfacerlas a toda costa, suya o ajena. Quizás simpatice con usted, y en tal caso le será de mucha utilidad, porque en todo sabe poner mano, si quiere, y conoce no dos, sino media docena de idiomas.
—¿Es español?—pregunté.
—Se lo enviaré a usted mañana—dijo Borrego—, y, oyéndolo de su boca, sabrá usted mejor quién es y qué es.