Un día, estando en el patio, donde por permiso del alcaide podía entrar cuando quería, me acerqué al francés, que estaba, como de costumbre, recostado en la pared, y le ofrecí un cigarro. Yo no fumo, pero no debe uno mezclarse con las clases bajas de España sin llevar un cigarro que ofrecer llegado el caso. El hombre me miró con ferocidad un instante, y, al parecer, iba a rechazar mi obsequio con una horrible maldición quizás. Repetí el ofrecimiento, sin embargo, llevándome la mano al corazón, y en el acto sus torvas facciones se dilataron, y con un gesto genuinamente francés, y una profunda cortesía, aceptó el cigarro, exclamando:
—Ah, monsieur, pardon, mais c’est faire trop d’honneur à un pauvre diable comme moi.
—Nada de eso—repliqué—. Los dos estamos presos en tierra extranjera y, por tanto, debemos protegernos mutuamente. Supongo que siempre que necesite su ayuda de usted en la cárcel podré contar con ella.
—Ah, monsieur—exclamó el francés transportado—, vous avez bien raison; il faut que les étrangers se donnent la main dans ce... pays de barbares. Tenez—añadió en voz baja—si tiene usted algún plan para escaparse, y necesita de mí, cuente con un brazo y un cuchillo a su servicio; puede usted fiarse de mí: no espere tanto de ninguna de esas sacrées gens d’ici—. Al decir esto echó una rabiosa mirada sobre sus compañeros de cárcel.
—No me parece usted muy amigo de España ni de los españoles—dije yo—. Deduzco que han cometido con usted alguna injusticia. ¿Por qué está usted en la cárcel?
—Pour rien du tout, c’est à dire pour une bagatelle; pero ¿qué puede esperarse de estos animales? ¿No le han encarcelado a usted, según he oído, por brujería y gitanismo?
—¿Quizás le han traído aquí por sus opiniones?
—Ah mon Dieu, non; je ne suis pas homme à semblable betise. Yo no tengo opiniones. Je faisois... mais ce n’importe; je me trouve ici, où je crève de faim.
—Siento ver a un buen hombre en situación tan calamitosa—dije yo—. ¿No tiene usted para vivir algo más que la ración de la cárcel? ¿No tiene usted amigos?
—¿Amigos en este país? Se burla usted de mí. ¡Aquí no encuentra uno amigos, a menos que los compre! ¡Reviento de hambre! Desde que entré aquí he ido vendiendo mi ropa, hasta quedarme desnudo, para comer, porque la ración de la cárcel no basta para el sustento, y aún nos roba la mitad el Batu, como llaman al bárbaro del gobernador. Les haillons que ahora me cubren me los han dado unas señoras devotas que algunas veces nos visitan. Los vendería si valiesen algo. No tengo un sou, y por falta de unos cuantos duros me ahorcarán dentro de un mes si no logro escaparme, aunque, como ya le dije antes, no he hecho nada: una simple bagatela; pero en España no hay peores crímenes que la pobreza y la miseria.