—¿Y qué va a ser de ti?—pregunté—. ¿Crees que te llevará consigo?

—Me dejará en la costa, hijo mío, y en cuanto haya cruzado la pawnee[2] negra, me olvidará, no pensará más en mí.

—¿Por qué te tomas tantos trabajos por él, sabiendo lo ingrato que es?

—¿No soy su romi, hijo mío, y no estoy obligada por la ley de los Calés a asistirle hasta lo último? Si al cabo de cien años volviera de la tierra de los Corahai y me encontrase viva, y me dijese: «Tengo hambre, mujercita; vé a robar o a decir bají», iría sin falta, porque es el rom y yo la romi.

Al regresar a Madrid encontré abierto todavía el despacho. Se habían vendido algunos Testamentos, aunque en cantidad nada considerable. La obra luchaba con grandes inconvenientes para su difusión, por la ilimitada ignorancia de la gente respecto de su tenor y contenido. No era, pues, maravilla que despertase poco interés. Para llamar la atención del público sobre el despacho, imprimí tres mil carteles en papel amarillo, azul y carmesí, y los pegué por las esquinas, y además inserté en los periódicos una información relativa al caso; el resultado fué que en muy poco tiempo apenas hubo alguien en Madrid que no conociera la existencia de la tienda y del libro. En Londres y París, estas diligencias habrían asegurado, probablemente, la venta de la edición entera del Nuevo Testamento en pocos días. En Madrid, el resultado no fué tan lisonjero; al cabo de un mes de estar abierta la tienda, sólo se había vendido un centenar de ejemplares.

Este proceder mío no podía por menos de producir gran sensación: los curas y sus secuaces rebosaban de enconada furia, que durante cierto tiempo tuvieron por conveniente manifestar sólo con palabras; estaban en la creencia de que el embajador y el Gobierno británicos me protegían; pero su malignidad hacía temer cualquier ataque, por atroz que fuese; y si la comparación no fuese inadecuada a mí, gusano el más insignificante de la Tierra, diría que, como Pablo en Éfeso, estaba luchando con fieras salvajes.

El último día del año 1837, mi criado Antonio me dijo así:

Mon maître, no tengo más remedio que dejarle a usted por una temporada. Desde que volvimos de nuestro viaje estoy descontento de la casa, de los muebles y de doña Mariquita. Por tanto, me he ajustado de cocinero en casa del conde de..., donde ganaré al mes cuatro duros menos de lo que su merced me da. Me gusta la variedad, aunque sea para perder. Adieu, mon maître; deseo que encuentre usted un criado tan bueno como se le merece. Sin embargo, si necesitara usted alguna vez con urgencia de mes soins, llámeme sin vacilar, y en el acto me despediré de mi nuevo amo, si todavía estoy con él, e iré a buscarle a usted.

Así me vi privado de los servicios de Antonio por cierto tiempo. Estuve unos cuantos días sin criado, al cabo de los cuales ajusté a cierto cántabro o vasco, natural de Hernani, en Guipúzcoa, que me habían recomendado mucho.