—Dispense usted, señor caballero—replicó el genovés—; pero le juro que no permitiré tal cosa: usted es joven y no conoce a esta canaille como yo la conozco, que llevo veinte años yendo y viniendo entre estas costas. Si esa bestia tiene frío, que duerma en el sollado, como yo y los demás; pero en la cámara no entra.

Conociendo que era testarudo, me retiré, y a los pocos minutos caí en profundo sueño, que duró hasta el alba. Cierto que dos o tres veces me pareció que se peleaban cerca de mí; pero estaba tan abrumado de cansancio, tan borracho de sueño, que no pude despertarme lo bastante para enterarme de lo que sucedía. El hecho fué que, en el transcurso de la noche, el sabio, hallándose incómodo al aire libre, junto a su compañero, intentó por tres veces meterse en la cámara, y otras tantas le arrojó de ella su incansable enemigo, que, sospechando sus intenciones, no le quitó ojo en toda la noche.

A eso de las cinco me levanté; el radiante sol brillaba esplendoroso sobre la ciudad, la bahía y la montaña; la tripulación ya estaba ocupada sobre cubierta en reparar una vela desgarrada por el viento el día anterior. Los judíos, sentados en la popa con aire desconsolado, se quejaban mucho del frío que habían sufrido en aquel lugar abierto. Sobre el ojo izquierdo del sabio vi una cortadura ensangrentada, que, según me dijo, le había hecho el viejo genovés después de sacarle de la cámara por última vez. Entonces manifesté mi botella de coñac, rogando que la tripulación participase en ella, como leve correspondencia a su hospitalidad. Me dieron las gracias, y la botella fué circulando; al cabo llegó a manos del viejo piloto, quien, tras de mirar un instante al sabio, se la llevó a los labios, donde la mantuvo mucho más tiempo que ninguno de sus compañeros; después me la devolvió, haciéndome una profunda reverencia. El sabio preguntó entonces qué contenía la botella. Le dije que coñac, o aguardiente, y al oírlo, rogó, no sin cierta ansia, que le permitiese beber un trago.

—¿Cómo es eso?—dije yo—. Ayer me dijo usted que era una cosa prohibida, una abominación.

—Ayer—respondió—no sabía que fuese aguardiente; creí que era vino, que es, ciertamente, una abominación, cosa prohibida.

—¿Está prohibido en la Torah?—pregunté—. ¿Está prohibido por la ley de Dios?

—No lo sé—replicó—; lo que sé es que los sabios lo han prohibido.

—Sabios como usted—exclamé con calor—; sabios como usted, de barba larga y entendimiento corto. Permitido está el uso de ambas bebidas; pero más peligro se esconde en esta botella que en una cuba de vino. Bien dijo mi Señor el Nazareno: «Vosotros apartáis un mosquito y os tragáis un camello»; pero, puesto que tiene usted frío y tirita, tome la botella y reanímese con un traguito de su contenido.

Se la acercó a los labios, y no encontró ni gota. El viejo genovés reía con sorna.

Bestia—dijo—, le conocí en los ojos que deseaba beber un trago, y me dije: aunque me ahogue, no dejaré que un caballero cristiano malgaste ni gota del aguardiente en ese judío, ¡mal rayo caiga sobre su cabeza!