Por fin, el señor Snell, el tabernero, hombre dispuesto a ser neutral y acostumbrado a permanecer alejado de las desinteligencias humanas, como inherentes a seres que tenían todos a igual título necesidad de beber, rompió el silencio diciéndole con tono indeciso a su primo el carnicero:
—¿Hay gentes que dirían que es un lindo animal el que trajisteis ayer, Bob?
El carnicero, hombre alegre, sonriente, de cabellos rojos, no era capaz de responder inconsiderablemente. Lanzó algunas bocanadas antes de escupir y dijo:
—No se engañarían en mucho, Juan.
Después de esta débil e ilusoria tentativa de romper el hielo, el silencio volvió a ser tan riguroso como antes.
—¿Era una vaca colorada de Durham?—dijo el herrador, reanudando el hilo del discurso después de varios minutos.
El herrador miró al tabernero y el tabernero miró al carnicero, como que era la persona que debía asumir la responsabilidad de la respuesta.
—¿Era colorada—dijo el carnicero, con una voz de falsete alegre, pero ronca—y era sin duda una vaca de Durham?
—Entonces no tenéis para qué decirme a mí a quién la habéis comprado—dijo el herrador mirando a su rededor con cierto aire de triunfo—, conozco a las personas que tienen vacas coloradas de Durham en las inmediaciones. ¿Apostaría dos peniques que tenía una estrella blanca en la frente?
El herrador se inclinó hacia adelante, con las manos en las rodillas, al hacer aquella pregunta, y sus ojos parpadearon con viveza.