—Bien, sobrina, vosotras nos seguiréis. Las señoritas Gunn han de estar deseosas de bajar.
—Hermana mía—le dijo Nancy a Priscila cuando estuvieron solas—, habéis ofendido sin duda alguna a las señoritas Gunn.
—¿Por qué, hija mía?—respondió Priscila bastante alarmada.
—Les habéis preguntado si no les importaba ser feas; decís las cosas con demasiada crudeza.
—¡Dios mío, es cierto! Se me escapó sin pensarlo, y gracias al Cielo que no dije algo más. Yo no puedo vivir entre personas que temen la verdad. Pero en cuanto a ser fea, miradme un poco con este traje de seda color plata. Ya os había dicho lo que iba a suceder. Parezco tan amarilla como una caléndula. Cualquiera diría que habéis querido hacer de mí un espantapájaros.
—No, Priscila; no habléis así. Yo os pedí y rogué que no eligierais esa seda si hubiera otra que os conviniera más. Quería que fueseis vos la que escogiera, bien lo sabéis—respondió Nancy con vivo deseo de justificarse.
—¡Vamos, vamos! niña; vos sabéis que esta tela os agradaba y teníais buenas razones para ello, puesto que vuestro rostro es del color de la crema. Estaría bueno que llevarais lo que a mí me sentara bien. Lo que no apruebo es vuestra idea de que me vista como vos. Pero hacéis de mí lo que queréis. Así ha sido siempre, desde cuando comenzasteis a caminar. Cuando queríais ir hasta el fin del campo, ibais, y no había qué pensar en castigaros, porque siempre parecíais tan graciosita e inocente como una malva.
—Priscila—dijo Nancy con suave voz, al ceñir el cuello de su hermana, tan distinto al de ella, un collar de corales exactamente igual al suyo—, os aseguro que estoy dispuesta a ceder en todo lo que es razonable; pero, ¿quiénes deben de vestirse iguales a no ser dos hermanas? ¿Querríais que cuando salimos no pareciéramos de la misma familia, nosotras, nosotras que no tenemos madre ni otra persona en el mundo? Yo no haré sino lo que sea conveniente, aunque tenga que ponerme un vestido amarillo color canario, y preferiría que fuerais vos la que eligierais y me dejarais llevar lo que os place.
—¡Ya estáis otra vez con el mismo tema! No cambiaríais de tono aunque hablarais la semana entera. Va a ser muy divertido ver cómo manejaréis a vuestro marido si no alza nunca más la voz que una caldera de agua hirviendo. A mí me agrada ver llevar a los hombres de las narices.
—No habléis así—dijo Nancy sonrojándose—. Bien sabéis que no tengo la intención de casarme.