Muy luego, varios amigos, y entre ellos el pastor, se encontraron reunidos en la casa. Por su parte, Silas volvió a su casa, sintiendo no haber encontrado a William para saber el motivo de su ausencia. Pero a eso de las seis de la mañana, cuando pensaba en ir a buscar a su amigo, llegó William, y el pastor junto con él.

Iban a invitar a Marner para que fuera al Patio de la Linterna, a la asamblea de los miembros de la congregación.

Como preguntara la causa de aquella convocatoria, se le dijo simplemente: «Ahora lo sabréis».

No se pronunció una palabra más, antes de que Silas estuviera sentado en la sacristía, frente al pastor y bajo las miradas fijas y solemnes de aquellos que, ante sus ojos, representaban al pueblo de Dios.

Entonces el pastor, sacando un cuchillo del bolsillo, se lo mostró a Silas, preguntándole si recordaba dónde había dejado aquel cuchillo.

Silas respondió que no recordaba haberlo dejado en otra parte más que en su bolsillo; sin embargo, aquella extraña interrogación lo hizo estremecer.

Se le exhortó a que no ocultara su pecado, y que lo confesara y arrepintiera. El cuchillo había sido encontrado cerca del difunto diácono, en el sitio en que había depositado la bolsa que contenía el dinero de la iglesia, y que el propio pastor había visto el día precedente. Alguien se había llevado la bolsa, y, ¿quién podía ser, sino aquél a quien pertenecía el cuchillo? Durante un rato Silas permaneció mudo de sorpresa. Después dijo:

—Dios me justificará; nada sé respecto de la presencia de mi cuchillo en ese sitio, ni de la desaparición del dinero. Registradme, registrad mi casa: no encontraréis más que tres libras esterlinas y cinco chelines, fruto de mis economías, suma que poseo desde hace seis meses, como William lo sabe.

Al oír estas palabras, William produjo un murmullo de desaprobación; pero el pastor le dijo a Silas:

—Las pruebas para vos son aplastadoras, mi hermano Marner. El dinero ha sido sacado esta noche, y no había más persona que vos junto a nuestro hermano difunto; porque William Dane nos ha declarado que una indisposición repentina le impidió ir a reemplazaros, como de costumbre. Vos mismo declarasteis que no había ido, y además, abandonasteis el cuerpo del difunto.