Eran las siete. En aquel momento no estaba muy lejos de Raveloe, pero aquellos senderos monótonos no le eran bastante familiares para saber qué próximo estaba el término de su viaje. Tenía necesidad de consuelo, pero no conocía más que uno; el demonio familiar oculto en su seno. Sin embargo, vaciló un momento antes de llevar a sus labios el resto que le quedaba de aquella substancia negra.

En ese instante el amor materno alzó su voz; antes un doloroso estado de conciencia que el olvido; antes la continuación del sufrimiento causado por la laxitud, que el amodorramiento de los brazos que la imposibilidad de seguir oprimiendo y sintiendo la preciosa carga. Algunos segundos más tarde Molly arrojó algo; no era la materia negra, era un frasco vacío. Prosiguió su camino bajo una nube negra que se desgarraba, por donde surgía de tiempo en tiempo la luz de una estrella que se velaba rápidamente porque se había levantado un viento glacial desde que dejara de caer la nieve. Pero Molly seguía caminando adormeciéndose cada vez más a cada paso que daba, oprimiendo al niño contra su seno con la inconsciencia cada vez mayor.

Lentamente y a su manera el demonio cumplía su obra. El frío, y la fatiga le iban en ayuda. Muy luego Molly sólo sintió un deseo supremo e irresistible que le veló por completo el porvenir: el deseo imperioso de extenderse en el suelo y dormir. Había llegado en un sitio en que sus pasos ya no eran guiados por las cercas de las callejuelas, y vagó al azar, incapaz de distinguir ningún objeto a pesar de la inmensa capa blanca que la rodeaba y la creciente luz de las estrellas. Se dejó caer contra una mata aislada de retama. Era una almohada bastante blanda, y el lecho de nieve era también bastante suave. No se dio cuenta de la frialdad de aquella cama. No se preocupó de si la criatura despertaría y llamaría a su madre llorando. Sin embargo, los brazos seguían ejerciendo su presión instintiva y la pequeña criatura continuaba durmiendo tan tranquilamente como si estuviera mecida en una cuna guarnecida de encajes.

Por último llegó el anonadamiento completo; los dedos perdieron su fuerza; los brazos se distendieron. Entonces la pequeña cabeza rodó del seno en que estaba apoyada y los ojos azules se dilataron contemplando la fría luz de las estrellas. Primero la criatura exhaló el pequeño grito plañidero de «ma-ma», e hizo un esfuerzo para refugiarse en el brazo y el seno en que descansaba. De pronto, en que el pequeño ser rodaba de las rodillas de la madre, húmedas de nieve, una viva luz que reflejaba la blancura del suelo, atrajo su mirada. Con esa rapidez de transición característica en la infancia, su espíritu fue inmediatamente absorbido por la vista de aquella cosa brillante y animada que corría hacia ella sin alcanzarla nunca. Era preciso que atrapara aquella cosa brillante y animada. En un instante la pequeña criatura se deslizó con los pies y las manos y en seguida tendía una de aquéllas tratando de asir los rayos de luz. Pero los sutiles rayos no quisieron dejarse aferrar y la pequeña cabeza se alzó para ver de dónde venían. Salían de un sitio muy brillante; entonces, el pequeño ser siguió sobre sus piernecitas y avanzó titubeando por la nieve, arrastrando tras de sí el chal en que había estado envuelto, mientras que su sombrero abollado caía a su espalda; así avanzó titubeando hacia la puerta abierta de la choza de Silas Marner, dirigiéndose derecho, al hogar caliente, en el que había un fuego vivo de leñas y astillas. El fuego había recalentado la vieja bolsa—el sobretodo de Silas—extendido sobre los ladrillos para que se secase. La criatura, acostumbrada a quedar sola largas horas sin que su madre reparase en ella, se sentó en el saco y extendió sus manecitas frente a la llama, llena de gusto, balbuceando y diciéndole largos discursos inarticulados al alegre fuego, como un patito recientemente nacido que comienza a encontrarse bien al sol. Entretanto, el calor no tardó en producir un efecto somnífero; la linda cabecita de cabellos rubios cayó sobre la vieja bolsa y los ojos azules fueron velados por sus párpados semitransparentes.

Pero, ¿dónde se encontraba Marner en el momento en que aquella extraña visita acudía a su hogar? Estaba en la choza, pero no había visto a la criatura. Durante las pocas semanas que habían transcurrido desde que se cometiera el robo, había tomado la costumbre de abrir la puerta y de mirar de tiempo en tiempo hacia afuera, como si pensara que su plata había de volverle de un modo o de otro, o que algunos indicios, algunas noticias de su tesoro se encontraran misteriosamente en marcha y fueran susceptibles de ser apercibidos de los esfuerzos de su mirada o la intención de su oído. Era principalmente al caer la noche cuando no estaba ocupado con su telar, que se ponía a repetir aquel acto maquinal, al que hubiera sido incapaz de asignar un fin determinado y que no podía ser comprendido sino por aquellos que han sentido el dolor enloquecido de verse separados del objeto supremamente amado. En el crepúsculo de la tarde, y aun después, cuando la noche no era obscura, Silas miraba la breve perspectiva que rodeaba las canteras. Velaba y escuchaba atentamente, no con esperanza, pero sí con un deseo inquieto e irresistible.

Esa mañana, algunos de sus vecinos le habían dicho que era la víspera del Año Nuevo y que era preciso que esa noche velara para oír tocar la partida del año viejo y la llegada del nuevo, porque eso daba suerte y podría hacer volver su dinero. Aquélla no era más que una broma amistosa de los vecinos de Raveloe, para divertirse un poco de las singularidades medio insensatas de un avaro. Eso habría contribuido quizás a poner a Silas en un estado de agitación mayor que de costumbre. Desde el comienzo del crepúsculo abrió las puertas varias veces, pero para volverlas a cerrar inmediatamente cada vez al ver que toda perspectiva era velada por la caída de la nieve. Sin embargo, la última vez que la abrió ya no nevaba y las nubes se separaban de cuando en cuando. Permaneció largo rato de pie observando y escuchando. Había entonces realmente algo en el camino, que se adelantaba hacia él, pero no pudo distinguir nada. La calma y la sábana inmensa de nieve y sin huellas parecían estrechar su soledad y su deseo inquieto rozaba en la desesperación. Entró de nuevo y tornó el pestillo de la puerta con la mano derecha para cerrar. No cerró; lo detuvo, como ya le había sucedido desde la desaparición de su tesoro, la varilla invisible de la catalepsia. Permaneció como una estatua tallada, con los ojos dilatados por la visión, manteniendo la puerta abierta, incapaz para resistir, sea al bien, sea al mal, que pudiera entrar en su casa.

Cuando Marner volvió en sí, prosiguió la acción suspendida y cerró la puerta, inconsciente de la ruptura de la ilación de sus ideas, inconsciente de que hubiera ocurrido ningún cambio, a no ser que la luz del día se había obscurecido y que se sentía helado y desfallecido. Se imaginó que había permanecido largo tiempo mirando hacia fuera. Se volvió hacia el hogar, en que los dos troncos de leña habían caído separándose y no esparciendo más que un fulgor rojizo y dudoso, y luego se sentó en su silla junto al fuego.

Tras de un rato, al agacharse a atizar las astillas, le pareció que sus ojos turbios veían en el suelo, delante del hogar, algo que tenía la apariencia de oro. ¡Del oro!—su oro—devuéltole tan misteriosamente como le había sido robado. Entonces sintió que su corazón se ponía a latir con violencia, y durante algunos instantes fue incapaz de avanzar la mano para tomar el oro recuperado. El montón de oro parecía brillar y crecer bajo su mirada agitada. Se inclinó por fin y tendió la mano hacia adelante, pero en lugar de las monedas duras de contorno familiar y resistente, sus dedos encontraron rizos sedosos y cálidos. En su extrema sorpresa Silas se dejó caer de rodillas y agachó profundamente la cabeza para examinar la maravilla: era una criatura dormida, una linda criatura regordeta, con la cabeza toda cubierta de rizos rubios y sedosos. ¿Era posible que fuera su hermanita que le volviera en su sueño, su hermanita que él había llevado en brazos durante un año, antes de que muriera, cuando él mismo sólo era un niño sin medias ni zapatos? Tal fue la primera idea que se le ocurrió a Silas, estupefacto de sorpresa. Sin embargo, ¿era aquello un sueño? Se puso de pie, aproximó los tizones, y echando encima algunas virutas y hojas secas consiguió levantar llama, pero la llama no hizo desaparecer la visión: no hizo más que iluminar más distintamente la pequeña forma regordeta de la criatura, así como sus miserables ropas. Se parecía mucho a su hermanita. Silas se dejó caer desfallecido en la silla, bajo el doble golpe de una sorpresa inexplicable y de un torrente rápido de recuerdos. ¿Cómo y cuándo había podido entrar aquella criatura? El no había salido más allá de la puerta. Pero junto con aquella pregunta, y apartándola casi por completo, nacía en su alma la visión de su antigua casa y la de las viejas calles que conducían al Patio de la Linterna. Y aquella visión contenía otra; la de los pensamientos que había tenido cuando ocurrieron aquellas escenas lejanas. Aquellos pensamientos le parecían extraños hoy, tal sucede con las antiguas amistades que es imposible hacer revivir. Sin embargo, tenía una vaga idea de que aquella criatura era en cierto modo un mensajero que le llegaba de aquella vida del tiempo antiguo. Aquel pequeño ser reanimaba fibras que habían permanecido insensibles en Raveloe; antiguos estremecimientos de ternura, antiguas impresiones del temor respetuoso causado por el presentimiento de que algún poder presidía su destino; porque su imaginación no se había desprendido todavía del sentimiento misterioso producido en él por la presencia brusca de la criatura, no habiendo supuesto ninguna causa ordinaria y natural que hubiera podido producir el suceso.

Pero un grito se hizo oír frente al hogar. Marner se inclinó para tomar la criatura sobre sus rodillas. Esta se agarró a su cuello y lanzó con una fuerza cada vez mayor esos gritos inarticulados, mezclados con la palabra «ma-ma» por medio de los cuales los niños expresan su perplejidad al despertar. Silas la oprimió contra su corazón, y profirió casi inconscientemente voces cariñosas para calmarla. Al mismo tiempo le ocurrió que una parte de su sopa, que se había enfriado junto al fuego moribundo, podría servir de alimento a la criatura, con tal que hiciera calentarla un poco.

Tuvo mucho que hacer durante la hora siguiente. La sopa, endulzada con un poco de azúcar procedente de una antigua provisión que se había abstenido de usar para él, detuvo los gritos de la pequeña, hizo alzar los ojos azules hacia Silas y contemplarlo con una larga mirada tranquila cuando le puso la cuchara en la boca. En seguida se deslizó de las rodillas de Marner al suelo y se puso a andar de aquí para allá, a pasitos cortos, pero titubeando tan graciosamente que Silas se levantó de golpe para seguirla, de miedo que fuera a golpearse contra algo que le hiriera. Pero sólo cayó sentada, y allí, con la cara llorosa y mirando a Marner; se puso a tirar de los zapatitos como si le hicieran daño. El tejedor volvió a tomarla en las rodillas. Sin embargo, sólo fue un rato después que al espíritu lento del solterón Silas se le ocurrió que eran los zapatos mojados los que causaban el dolor de la criatura, apretándole los tobillos recalentados. Le quitó los zapatos con dificultad y Bebé se ocupó inmediatamente con delicia del misterio de sus zapatitos, todavía nuevos para ella, invitando a Marner, con muchas carcajadas alegres y sofocadas, a que considerara él también el misterio. Los zapatos mojados le sugirieron, por fin, a Silas, la idea de que Bebé había caminado en la nieve. Esta circunstancia le recordó que no había pensado en ningún medio natural para hacer entrar o traer la criatura en la casa. Bajo la impresión de este nuevo pensamiento, y sin detenerse a formar conjeturas la tomó en los brazos y se dirigió hacia la puerta. En seguida que la abrió, la pequeña repitió de nuevo el grito de «ma-ma», que Silas no le había oído hasta el momento en que el hambre la despertó. Agachándose pudo distinguir las huellas de los pequeños pies en la nieve inmaculada, y siguió su rastro hasta las matas de retama. «¡Ma-ma!», repitió la criatura varias veces, echándose hacia adelante, como para escapar de los brazos del tejedor antes de que éste, que tenía un arbusto por delante, viera que había allí un cuerpo humano, cuya cabeza estaba profundamente hundida entre las ramas y a medias recubierta por la nieve levantada por el viento.