—Hasta que me demuestren que tienen el derecho de quitármela, la guardaré—dijo Marner—. La madre ha muerto y supongo que no tiene padre: está sola en el mundo. Mi plata se fue a dar no sé dónde... No sé nada... Casi ni sé dónde estoy.
—¡Pobre criatura!—dijo Godfrey—. Dejadme que os dé algo para comprarle ropas.
Acababa de llevarse la mano al bolsillo y de sacar media guinea. La colocó en la mano de Silas y se apresuró a salir de la choza para alcanzar al señor Kimble.
—No; esa mujer no es la que encontré—dijo cuando se le reunió—. La niña es preciosa; parece que el viejo la quiere guardar; es extraño en un avaro como él. Le he dado una bagatela para ayudarlo. No es probable que la parroquia se empeñe en querer quitársela.
—No; sin embargo, hubo un tiempo en que yo se la hubiera disputado a Marner; pero ahora es demasiado tarde. Si la niña se cayera sobre el fuego, vuestra tía es demasiado gruesa para socorrerla; no podría más que quedar sentada y gruñir como una cerda asustada. Pero, ¡qué loco sois, Godfrey, en salir así con medias y zapatos de baile, vos, uno de los elegantes de la fiesta y de una fiesta que se da en vuestra casa! ¿Qué significan estos arranques? ¿Se ha mostrado cruel la señorita Nancy y queréis contrariarla estropeando vuestros carpines?
—¡Oh! todo ha sido desagradable para mí esta noche. Estaba harto de saltar en el baile y de mostrarme amable y de soportar exigencias a propósito de los «hornpipes». Y todavía tenía que bailar con la señorita Gunn—dijo Godfrey aprovechando el subterfugio que su tío le había sugerido.
Las escapatorias y las mentiras inocentes causan en los corazones que ambicionan conservarse puros una mortificación igual a la que causan a un gran pintor los toques falsos que sólo su ojo sabe descubrir. Pero son tan livianos como un simple adorno una vez que los actos se han vuelto mentirosos.
Godfrey reapareció en el salón blanco con los pies secos, y, puesto que hay que decir la verdad, con un sentimiento de alivio y de alegría, sentimiento demasiado intenso para que los pensamientos dolorosos pudieran combatirlo. Porque, ¿no podía ahora arriesgarse cuantas veces se le presentara la ocasión de decirle las cosas más tiernas a Nancy Lammeter, prometerle, así como él mismo, que sería siempre lo que ella quisiera? No había algún peligro de que su finada esposa fuera reconocida. No era una época de activas pesquisas y de grandes rumores públicos; y, en cuanto al acta de su casamiento, estaba muy lejos, escondida en páginas que nadie hojeaba; que nadie, excepto él, tenía interés en consultar. Dunsey, si reaparecía, sería capaz de traicionarlo; pero se podía comprar el silencio a Dunsey.
Y cuando los acontecimientos resultan tanto más felices para un hombre cuanto mayor ha sido la razón para tenerlos, ¿no es ésa una prueba de que su conducta ha sido mucho menos censurable de lo que hubiera podido parecer de otro modo? Cuando somos bien tratados por la suerte, se nos ocurre naturalmente la idea de que no estamos del todo exentos de mérito; y que es razonable que la usemos bien en nuestro favor, sin echar a perder la feliz coyuntura. ¿Dónde estaría, por otra parte, para Godfrey, la utilidad de confesarle su pasado a Nancy y alejar de él la felicidad, más aún, de alejar la felicidad de Nancy, porque tenía, casi la certeza de ser amado? En cuanto a la criatura, velaría porque se la cuidara, haría todo por ella, excepto reconocerla. Quizá así fuera igualmente feliz en la vida, puesto que nadie podía decir cómo se desenvolverían las cosas, y, ¿se necesita otra razón más? pues bien, que el padre sería mucho más feliz si no confesaba la paternidad.